Elvira Daudet y su calle (la echo tanto de menos…)

En Cuenca, una mujer enciende un cigarro en su ventana mientras mira cómo en la acera se arremolina un grupo de gente. Cada vez más. Era 17 de septiembre de 2016 y Elvira Daudet se dirigía a una calle recién estrenada con su nombre para encontrarse con amigos y admiradores. Estaba llegando la poeta rubia que tiene tantas flechas en su poesía, tanta intensidad, tanta humanidad sincera y cruda.  

Y es que Elvira Daudet, la periodista que trabajó en varios periódicos (ABC, el Independiente y Pueblo), que entrevistó a Dalí durante varios días o que escribe sus poemas intensos y cercanos como puñaladas de vida, tuvo por fin su calle en su ciudad natal, Cuenca.

Este septiembre de 2016, quizá demasiado tarde, se inauguró por fin la calle. Digamos que ya era hora que su ciudad natal reconociera a una de sus habitantes más íntegras y talentosas. Pero antes que os cuente qué pasó ese día en Cuenca, os traigo del brazo a Elvira para que la conozcáis.

Elvira escribió su primera novela a los 10 años, su primer artículo a los 14 y su primer libro de poesía amorosa a los 17, y muchos años después, aquella mañana en Cuenca dijo aquí estoy. Aquí sigo estando. Al igual que aquella tarde en la que entró elegante y temblorosa en el café Gijón y dijo a unos poetas escondidos bajo el gris de la dictadura, “soy Elvira Daudet, soy poeta, y quiero publicar este libro”. Era el año 59 y Elvira Daudet entraba en la piscina de la poesía sin ningún cuidado, rompiendo la calma tan innecesaria y asfixiante de un franquismo gris ceniza.

Así estuvo toda la vida. En la vanguardia, delante, viendo qué pasaba y contándolo a los demás. La quilla, el faro y el mascarón que recibía todas las alegrías y todas las penas. De las crisis aparecieron sus poemarios. El primero El primer mensaje, después de la crisis de la pubertad. Su segundo libro, publicado en 1971, publicado cuando su matrimonio empezaba a romperse es Crónica de una tristeza. El tercero, El don desapacible, publicado en 1994, es según la propia autora el más triste de todos porque es la crisis de orfandad por la muerte de sus padres.

Elvira Daudet sigue su día a día, periodista, corresponsal entre los años de plomo italianos, recogiendo las letras del día a día como un malabarista a la vez que ella escribe en la oscuridad el dolor propio y el dolor de los demás.

El poeta tiene un sistema inmunológico muy débil y todo le hace daño.

Seis años después, la diputación de Cuenca publica su cuarto libro de poemas Terrenal y marina, en el que la enfermedad y la muerte miraron a la cara de Elvira pero no pudieron con ella y su poesía. Y ahí estaba, luchando en el olvido, cuando Jaime Alejandre y la editorial Cuadernosdelaberinto recuperó la letra mayúscula y olvidada en el cajón de muchos de Elvira para sus HazVersidadespoéticas, volviendo a poner sus poemas en papel. A partir de este momento, y apoyada en la amistad y el buen trabajo de editores, poetas y amigos, Elvira ha conseguido contactar a través de internet con multitud de personas en todo el mundo. Su poesía directa, sincera, sin “paños calientes”, ha contaminado a miles y miles de lectores.

Un año después Elvira vuelve a publicar con CuadernosdelLaberinto. En este

caso es Laberinto Carnal, en el que a través de un camino de dolor y escollos nos dibuja un sincero pasaje a la integridad y la libertad:

…Y hay mujeres sencillas, con los ojos de agua

y la carne de harina,

que aman, trabajan, paren, se deshojan

aferradas a un sueño…

Elvira Daudet estaba (y sigue estando) en racha. La gente joven se le acerca, la gente mayor quiere compartir su palabra. Todo el mundo quiere escucharla y leerla. Participar en su verdad. Poco después se publica una antología de su obra poética, desde su primer poemario de 1959 a 2012, en este caso en Alacena Roja, y su presencia en los ámbitos poéticos, tanto presenciales como digitales, crece.

Y es en este momento cuando Elvira Daudet toca la fibra de un dolor que, si bien ya había sido pulsada en otras ocasiones, en este momento retumba con una potencia continua y casi insoportable. Es 2012, y Elvira publica su libro más doloroso, Cuaderno del delirio, en el que cuenta cómo el amor esconde los abismos de la pena y la soledad de una manera brutal y exacta. Cuando leí este libro tuve que comentar cada poema. Aquí os dejo el comentario.

Después de este dolor vino la editorial Lastura a acoger y dar hogar a dos nuevas antologías de la gran poeta rubia:

Antología poética (1959-2012) y Antología poética (2012-2014).

Y después de darnos un largo paseo por la poesía y la vida de Elvira, volvemos a Cuenca, a la calle Elvira Daudet, a los lectores y amigos que fuimos a celebrar un pedazo de tierra que llevará por siempre el nombre de la poesía. 

La mujer de la ventana llamó por teléfono y seguramente le comentó a alguien cercano, incrédula, que estaba viendo cómo se inauguraba una calle, su calle. Y que para más Inri allí estaba ella, Elvira, saliendo de un coche como salen los poemas.

Así es como llegó Elvira Daudet a su homenaje, a la inauguración de su calle. Poetas y amigos nos juntamos como palos de una cabaña para acogerla, maestra y conocedora de todos los sabores.

Al igual que aquel día en que Elvira entró en aquel Café Gijón imponente, este soleado 17 de septiembre nos quedamos todos sin habla. Después de abrazos y alguna lágrima, fuimos a la RACAL (Real Academia Conquense de las Artes y las Letras) donde leímos poemas de Elvira o dedicados a ella.

Todo este homenaje fue posible gracias a sus amigos Paloma Corrales, Rafael Soler, Jaime Alejandre, Juana Vázquez, sus hijos y nietos, Enrique Gracia Trinidad, Lidia López, Paco Caro, Ana Ares, José Luis Torrego…y otros muchos que espero que si leen esto me perdonen el olvido (ya saben cómo somos los poetas). 

Todo este sarao terminó como terminan estos homenajes, comiendo y bebiendo rodeados de amigos y arropando a la homenajeada.

Pero esto no es todo…

echando de nuevo un ojo a este artículo pienso, “qué aséptico te ha quedado, tío”. Y es que no hago justicia a Elvira, a aquel día ni a su poesía. Para intentar corregir este error quiero hablar de Elvira desde más cerca.

Con Elvira no hay términos medios. O la quieres o su sinceridad te asusta. A mí, por suerte, me pasó lo primero. En el hoy en día que nos cuentan, en el del miedo, en el que solamente puede ser un “todos contra todos”, aún hay gente que acuna. Hay gente que escucha. Y Elvira es una de esas personas. Encontrar una persona así de sabia y cercana es una suerte.

El primer día que nos encontramos, después de la presentación de un libro de Neorrabioso, flipé. Nos presentó una amiga en común, Paloma Corrales, y no sabía muy bien cómo reaccionar. Admiraba como un grupie a Elvira desde que escuché su entrevista (aquí), pero no conocía a personas mayores que pudieran ser amigas mías, que pudiéramos tener temas en común y a la vez que fuera accesible. Pero con Elvira fue diferente y desde aquel día hasta hoy estamos unidos por palabras en negrita y profundas que no se pierden por el tiempo.

En su poesía se nota esta capacidad de hacer “zoom sentimental”. Se acerca donde tienes la grieta (o la alegría) y ahí se queda, compartiendo. Y para acabar quiero compartir uno de los poemas de Elvira Daudet que más me gustan:

PALABRAS PARA UN SPOT DE TVE

No me hagas daño, amor, porque me duele

que seas tú, a quien amo como nadie amó nunca,

el que me parte el alma cada día,

sin que te apiade ver como me deja

el vino que conviertes en mi sangre.

Destrozada en el suelo,

como un plato de loza hecho pedazos,

sin dignidad ni luz en la mirada;

un montón de basura abandonada.

Fría como una muerta, que aún respira

con el fin de maldecir haber nacido un día

para albergar la pena incontenible

que tu presencia amada siempre deja.  

(Del libro Laberinto carnal)

Me gustan las mujeres manos grandes como manzanos mamíferos en flor, refugio de pájaros cansados

Me gustan los hombres que aguantan un gallo en la lengua para que no se despierten las nubes. Me gustan los animales de dos patas que tocan el xilófono en una espalda, con los dedos más meñiques y silenciosos de la historia.

Me gusta tu traje guardabosques, tu llave para la jaula del tigre que siempre pierdes, que nunca sabes en qué boca dejaste. Vivan sin lombrices ni sombra los hombres que ríen y dejan caer todos los cuchillos y no importa qué insulto llega a tu casa no importa. Que sigan saltando los jóvenes con ojos a tres cuerpos por segundo, a tres olas por cintura, borrachos en cada acantilado.

Me gustan las bocas abiertas que esperan la lluvia en verano tu dedo índice como inicio del mundo la llegada al perdón de las guerras al descanso del miedo de la sangre
me gustas tu
la enemiga de todos los mapas
que no te alcanzan.

Poema incluido en mi libro Cercanías:

las lenguas son un mapa

                                    Joseph-Lorusso

Alquimia de piel y negrura, palimpsesto del ayer y del mañana, somos sendero fuera de las calles y sus grises, hacemos la plegaria para evocar al mito, ancla y tallo del mundo vegetal que compartimos.

Por tu calor estoy ciego, porque mis ojos no ven los esquinazos de lo necesario, de lo que hay que hacer, de sus estrategias, solo en tu cuerpo puedo moverme libre, sin moratones ni aguantar el aire. Porque debo en tu cuerpo no, en tu deseo no, en mi deseo te encuentro.

Porque estamos en la pecera de la habitación y desde aquí el mundo se sujeta, se ampara, se hace habitable. Porque seremos el camino al margen, su residuo, su temperatura que no cumpla las estadísticas sigo vivo. Porque el deber me ahoga yo debo acudir a ti, traquea, sistema respiratorio funcional, branquia donde hago las paces con el vivir, donde la pausa me alimenta.

Reflexión sobre la poesía

Xul Solar

En esto de la poesía, como en todos los fregaos donde me meto, creo más en el aprendizaje que en la volatilidad extraña de la suerte, del destino, de la predisposición.

Por eso, me extraña que haya poetas de renombre que nunca hayan comentado a otros poetas, que no hayan dicho: «joder, leed a este o a esta poeta, mirad lo que hace, aprended como yo he aprendido», y entiendo que este mutismo puede suceder por dos razones:

O bien no lees y por eso no te sientes interpelado por otros, por esa empatía con el dolor, con la alegría, con el amor del otro. O bien, sí que los lees, sí que sientes esa empatía, pero interpretas que nombrarlos en redes, difundir su(s) hallazgo(s) puede menoscabar tu posición en la fila del reconocimiento público.

A mí no me importa compartir este poema o a esta poeta contemporánea o no. Debo este oficio a aquellos que me dijeron «¿Conoces a Roque Dalton?, ¿a Angélica Liddel?», y por eso no puedo apropiarme de esos tesoros. Necesitamos que más personas sean sorprendidas por la poesía. Da igual si es mía o es de otros. Compartamos lo que nos hace humanos, combatamos el ruido con fraternidad y empatía con la emoción del otro.

En un tren, poema de Hogar, 2020

En un tren,
todo comenzó con un viaje,
viaje repetido y tú,
bocanada de río en el coágulo del trabajo, en su textura de barrizal.

Viaje tu cuerpo y mi cuerpo,
diálogo de corrientes y peces.

Y así acaba el viaje,
estación seca y recuerdo del agua en la tierra como estrías,
arañazo,
dolor de verano rajando este invierno que ya se acaba.

🎨 de #adrianTomine

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7:00

La procesión de los que esperamos el bus,
adorar la luz del móvil como si fuera una vela.


La intermitencia de la fe,
la certidumbre de patas cortas que es el WhatsApp,
su atronadora piscina de ruido.


Mirarse dentro los recuerdos para saberse uno y no otro,
cualquiera
de los que te acompañan en la fila.


Y pese a la búsqueda, no poder despejar la incógnita:
no saber si las personas del verbo nacen del yo
del nosotros
o del ellos.

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Cultivar el vacío, Cercanías (2016)

Desnudos de Dios y su canción enferma como lluvia de abejas.
Destruimos las instrucciones del misterio sagrado y no es fácil construir un mapa.
El bien y el mal son un trabajo del colegio de tu hijo,
cosas de niños,
ideas impecables e inútiles.

Dios es el silencio a todas nuestras preguntas,
el frontón donde chocamos de cabeza,
una rotonda sin salida.

Nosotros somos la sagrada humanidad despertando de la siesta y encontrando sangre entre las sábanas.
Encontrando hermanos muertos y la gravedad vertical de la herida,
tumores negros como magnolias infectadas,
la resaca de nuestro intento de olvidarlo todo y volver al aullido,
no conocer el frío de la soledad.

No tenemos tiempo, ya es casi tarde,
en las esquirlas de la felicidad encontramos a Dios,
el sabor intermitente en la lengua,
hacer pie un segundo,
y seguir preguntando.

hace 12 años

En la película de Julio Medem, Los amantes del Círculo polar ártico, hay una escena en que Ana, (Najwa Nimri), espera a Otto (Fele Martínez) sentada en una silla, enfrente de un lago a las afueras de Rovaniemi, en Finlandia. En pleno Círculo polar ártico. Y es entonces cuando el sol de la medianoche baila en el horizonte y no llega nunca la oscuridad.

Cuando vi esta película, Laponia era un lugar extraño, poético, en medio de la nada. Y a través de ella, de las relaciones de sus protagonistas, en mi cabeza se formó otra imagen, pero también poética, extraña, donde se podría esperar cualquier milagro. Y yo también quería esperar un milagro.

En mi caso, no fue Rovaniemi sino la ciudad sueca de Jokkmokk, a siete kilómetros de la línea invisible del Círculo polar ártico. Es diecinueve de mayo y el pueblo está muerto. Los hostales, vacíos, apenas esperan tu llegada. Todo el mundo dice que es la peor fecha para viajar a Laponia, o más correctamente, a Sapmi, el territorio donde viven los samis, pero quizá sea la mejor para encontrar silencio y lugares salvajes sin oír a algún compatriota espetar un, joder, ¿Aquí vive Papa Noel, no?, o sin que haya una marabunta de turistas en busca de trineos de perros y hoteles de hielo.

Jokkmokk es un pueblo hecho a lo ancho, sin problemas de espacio. Las casas se dejan respirar unas a otras y las calles son largas y vacías. Visito el museo sami, uno de los más importantes de esta nación, y conozco su manera de vivir. Me doy cuenta de su respeto por la naturaleza, sus costumbres, cómo sobreviven al frío y a los animales, y también descubro como los suecos, los noruegos, los fineses y los rusos han ido minando su población y sus recursos hasta condenarles a abandonar el nomadismo y adaptarse a la manera de vivir de estos países. Los países nórdicos, son muy respetuosos con las otras culturas y con el medio ambiente, pero incluso ellos también tienen cosas de qué avergonzarse.

Y después de desinflar el mito verde y tolerante de los nórdicos, me lanzo a la carretera a buscar algo invisible; el Círculo polar ártico, a siete kilómetros al sur de la ciudad. Como en esta época no hay apenas turistas, no hay medio motorizado salvo el taxi que me pueda llevar hasta allí. No me gustan los taxis en Suecia, debe ser por el precio, así que decido ir andando y haciendo autoestop esperando que alguien me lleve. Siete kilómetros parece poco, ¿no? En una media hora seguro que estoy ahí. Además, seguro que me coge alguien antes…

La carretera es un corte negro de alquitrán en medio de verde y azul. Los bosques y los lagos son mayoría en casi toda Suecia, y aquí arriba, donde apenas vive gente todo el año, dominan casi todo el terreno. Aunque los paisajes son espectaculares, andar por carretera siempre es bastante pesado. Los pocos coches que pasan silbando a tu lado, te recuerdan que aquí arriba también hay civilización aunque a ninguno le de la gana de parar para llevarte unos pocos kilómetros. Sigo andando, pensando sin parar cuantos kilómetros llevaré, a qué velocidad anda una persona, qué hacen los peces de los lagos cuando se congelan, y así sigo con mis divagaciones hasta que veo, a unos veinte metros, un rebaño de renos que cruza la carretera. Y se quedan parados. Y me miran.

Y yo, como lo más parecido que he visto a unos renos han sido las vacas de mi pueblo, me quedo parado también. Por si acaso. Los renos, cuando llevan a Papa Noel de un lado para otro, parecen muy majos, pero cuando te encuentras siete u ocho en medio de la carretera, a “tiro de embestida”, pues da un poco de miedo, la verdad. Afortunadamente, tras mirarnos un rato más, uno de ellos vuelve al bosque y el resto le sigue. Menos mal, ya puedo seguir.

Después de una hora y media viendo paisajes increíbles, llego al Círculo. Y en el Círculo polar ártico, encuentro una fila de piedras pintadas de color blanco que indican la línea imaginaria, un cartel, unos baños, y un chiringuito cerrado. Como un idiota, me hago la foto obligada y me siento en una de las piedras a esperar a Anna, a Otto, o la vuelta de los renos. No viene ninguno, y solamente para una furgoneta llena de alemanes que quieren ir al baño. El Círculo polar ártico es un desierto, joder. Pero me gusta que no haya nadie.

Acostumbrado a la rutina de luces y espectáculo, donde cualquier evento necesita neones, flyers o publicidad para ser visto, encontrar un lugar autosuficiente y especial por sí mismo es una sorpresa. Incluso en el fin del mundo. Creyendo haber encontrado mi milagro particular, vuelvo a la ciudad. El viaje de vuelta se hace más corto y los pájaros que no dejan de gritar y hacer cabriolas me parecen el mejor espectáculo del mundo.

Poema publicado en La Galla Ciencia 8 🐓, en 2017

Estar,
contaminar el asfalto que cultiva la muerte,
no dejar que su mala yerba me colonice.

Bañarse ahí,
donde la memoria inunda la sed,
donde se justifica el chapoteo en sangre de las agujas del reloj,
su galope,
la grieta donde florece la arruga.

Y ser,
porque el otro crece en diluvio,
boca repleta de «me gusta» donde naufragan los sabores.

Esquivar el perfil afilado,
animal de jaula y código,
pantano sin ahora ni mármol donde la piel se pudre.

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2015 – Poema inédito

En las entrañas de Lavapiés huelo el sudor de los jugadores,
olor a marihuana y a mar.

Aquí, en el piso inferior de la basura de Madrid,
donde se acumula la mierda de los perros y los ojos machacados por el viaje de los látigos.

Baloncesto como trozo de madera con termitas en el océano.
Balsa rota e ilegal, pero balsa.
Aquí se juega en el centro de la litrona rota.

Aquí agarras el nervio de Lavapiés,
pero poco,
da calambre y arde.

Aquí, en el Parque Casino de la Reina,
futuro de España y vergüenza del presente blanco.

Aquí se juega baloncesto y reggaetón y coca y chocolate manoseado con susurro para turista.

Donde se celebra el sol en la cancha del esfuerzo,
mezcla de músculo y red para los peces sin mar ni aire.

La línea del triple es una frontera para el policía, para el euro,
dentro alternamos el hambre y los codos,
celebramos la cancha como conquista,
como huida hacia dentro, escondidos del paisaje telaraña de Madrid.

Aquí, mi casa, el centro del hueso de Madrid.
Aquí, en el peligro, en la mezcla de hambre y moderneo, aquí, en el juego del niño negro y el niño chino y el niño paquistaní y el niño dominicano y el niño senegalés y el niño español.
Aquí, donde juegan el niño y el niño.

Aquí, en el desguace, en el equilibrio,
donde aún resiste la esperanza.

2015, poema inédito.

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