Cocinas

Hace diez años vivía en la cocina de la foto, en Göteborg, Suecia. De aquel tiempo no queda prácticamente nada, salvo mi devoción por las cocinas. Ese calor único. No guardo con un recuerdo muy cariñoso el tiempo en Suecia, pero sí aquella ventana desde donde manejábamos el tiempo, las nubes y la luz.

Aquí os dejo un poema de Hogar, del libro que publiqué hace unos meses y que rinde homenaje a las cocinas, la parte más verdadera de los hogares:

«Acuérdate que te recuerdo. Si no te acuerdas no importa mucho. Siempre te veré caminando por los rieles», Jorge Teillier.

Se llamaba hogar y era un río,
una pléyade de puertas por abrir,
un sonajero de risa y desayunos.
Tenía la piel recién labrada por la luz
y en su cuello una coma de sudor pausaba la tierra.

Y en esa pausa vivía yo.

Se llamaba hogar y en su rama la cabaña.
Se llamaba hogar y en su oscuridad un catalejo.

Se llamaba hogar y sus manos eran leña,
su cuerpo entero un bosque.
Se llamaba hogar y era un río,
no se acababa nunca,
la calma era nuestro cimiento,
y por las bocas entrábamos y salíamos al mundo.

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