Amazonas

Creo que nunca se llega al Amazonas, o no al menos a su centro. Se puede uno aproximar, acercar a su verdor poderoso, pero el Amazonas no es un lugar que se conquiste. Siempre queda demasiado grande.

Nosotros nos acercamos desde Leticia, en Colombia, pero haciendo frontera con Perú y Brasil (si las fronteras me suelen parecer una mentira, pues imaginad aquí).

En esta ciudad, que sí, que tiene internet y cualquier otro avance tecnológico actual que se os ocurra, y en la que no hay boas por las calles ni monos por los cables de la luz, lo que sí que hay son cientos o miles de motocicletas que van y vienen a todo trapo y cientos o miles de loros (o cotorras, no me ha quedado muy claro) que inundan los árboles del centro y dan un olor bastante…desagradable al lugar. Ajetreo, sí, pero con bastante encanto.

Más allá de eso, Leticia es la puerta colombiana a la autopista de la región: El Amazonas. Y a ella nos incorporamos, en una lancha de unas 50 personas, a 34 k pesos (unos 9 €), y unas dos horas de trayecto, hasta llegar a Puerto Nariño.

Puerto Nariño es uno de los nidos que formamos los humanos en los recovecos del río Amazonas, aplastados por su naturaleza, enorme. Si aquí se vive es por la comunidad, pero aquí no es que se viva, se sobrevive, sujetados a un resquicio entre la selva y el río. Porque aquí, además de el sol y la luna, existen el dios selva y el dios río, que alimentan y sujetan a sus pequeños dioses, fascinantes y libres aún.

Supongo que cualquier que no pertenezca a este mundo natural y vivo que es el Amazonas tendrá la misma sensación que tuve yo: llegar al Amazonas es bañarte de realidad, enfrentarte a un espejo que te refleja tu tamaño real.

Este pequeño lugar, con unas 8/10 calles, es conocido en toda Colombia como el pesebre del país y no hay vehículos motorizados salvo un tractor que sirve para labores de trabajo. Y qué contraste agradable, por cierto, con Leticia.

El Amazonas, que llega a alcanzar 300 km en su zona más ancha, es inmenso, brutal, excesivo. No sé cómo explicarlo mejor. Me da la sensación de que es todo lo rodea y todo es sujetado y alimentado por él. Y, bueno, la cabeza empieza a funcionar cuando imaginas lo que pueda haber debajo del agua…

Aquí el día empieza con el sol y los gallos, a las 5:30/6, y acaba con el sol también, a eso de las 17:30 de la tarde. Pero el día se va por todo lo alto:

El pueblo, su casco urbano, es más pequeño aún que Leticia y es un lugar en sintonía perfecta con una selva que, en cuanto sales de sus pocas calles, empieza la selva, empiezan a pasar cosas (y pasaron). Y esto ha sido lo que más me ha gustado de Puerto Nariño, del Amazonas por extensión, y es que tienes la sensación de estar en el centro del mundo, de su pureza. Miras aquí, allí, al otro lado, y escuchas, ves y sientes mariposas increíbles, pájaros, plantas enormes y desconocidas, lagartos, insectos…

Una sensación similar, pero relativo a la humanidad, la tuve cuando estuve en Times Square. Sentí que estaba en el centro del mundo, que ahí pasaba todo.

Como en el cuento de Borges, El Aleph, todo estaba concentrado en un solo lugar para controlarlo todo, mientras que en el Amazonas no controlas nada, te dejas arrastrar por el todo.

P. D. – Estaba yo con unas toses del infierno, tenía ganas de quitármelas, por lo que me compré esta botellita llena de maderitas del árbol amazónico chuchuhuasa, que ayuda a quitar el resfriado. El caso es que había que echar agua, vino o aguardiente dentro de la botella, dejar que el líquido hiciera buenas migas, y para dentro. Como 3 botellas, en teoría. Yo aguante una y media, estaba un poquito fuerte 😅

Algo (supuestamente) divertido que seguro que algún día vuelvo a hacer

Pues nada. Yo también he picado, también he sido uno más. El turismo, «el fenómeno», que es algo así como el capitalismo en musculosa (camiseta blanca de hombreras) y chanclas, nos ha hecho ojitos y hemos dicho SÍ. Al menos por un rato. También es verdad que llegué a esta isla del Caribe con dos pantalones largos y dos jerséis 🫠.

Hemos intentado esquivar las manadas de turistas pero, en nuestro último día en la isla de San Andrés, hemos decidido hacer un tour, que es algo así como el infierno en cuanto a hacer planes o hacer cosas, en general. Dejarte llevar como pez boca arriba 😵.

El caso es que existe un islote, a 1,5 km de la isla de San Andrés, que se llama Johnny Kay. A este islote solo se puede ir por agencia (unos 10€/persona) y te dejan ahí en la isla unas cuantas horas.

En la isla hay un poco de todo, pescado, cocos, iguanas (esta en concreto le robó un trozo de piña a Lorena), tormentas tropicales, basura y PECES.

Holi

Creo que no recomendaré para nada la visita a la isla…salvo si lleváis unas gafas de bucear. A apenas un par de metros de la playa ya se pueden encontrar bancos de peces de varios colores de hasta un palmo de grandes. Eso sí, vas a chocar un par de veces con otros observadores que hacen exactamente lo mismo que tú.

Ser tratado como ganado tiene alguna ventaja, seguro, pero no termino de encontrarla. Nosotros hemos ido, hemos visto peces e iguanas, hemos comido pescado rico y fruta y ya. Que, de todos modos, es bastante más que lo que hicieron los aventureros, piratas y conquistadores en un día buenísimo hace 300 años. Parece que menospreciamos lo colectivo (sea lo que sea) y todos buscamos lo exclusivo. Y, por ser así de snobs y ridículos, quizá, ya no quede nada por descubrir.

Y es que reflexionando un poco más allá con el turismo masivo, quizá haya que aceptar que sea así, que para visitar algunas panorámicas ineludibles, o entrar en algún museo único toca, por narices, ir en grupo. Y quizá sea la mejor manera de que 200 turistas con ganas de selfie y nuevas experiencias «no la caguen demasiado» yendo cada uno por su lado, pisando lo que no deben pisar, mirando lo que no deben mirar, fotografiando lo que no deben fotografiar.

Volviendo a la referencia del título, que es por David Foster Wallace y un libro chorra en el que trata/sufre este tema, yo os digo que seguramente me toque vestirme de turista, ser turista, e intentar no quemarme demasiado por ser uno más del rebaño porque me he dado cuenta de que habrá situaciones en las que me toque ser uno más y no pasa nada. No se puede ser único y especial todo el rato, en todos los lugares y en cualquier contexto. No se puede y no lo quiero, además.

Y ahora, para terminar, ¿por qué nadie se ve a sí mismo como turista?, ¿los turistas son solo los otros?, ¿qué diferencia a un turista de un viajero?, ¿es posible ser viajero hoy en día?

Os leo.

(Mención especial a Lorena por prestarme WIFI y ser mi parcera en esta aventura turística).

Primeros días en Colombia

Para quien ya me conoce, no es novedad mi pasión por Latinoamérica. Porque aprendí a leer novelas con el colombiano García Márquez, porque me enamoré de la poesía y entré en su mundo con los chilenos Huidobro, Neruda y Mistral y porque amé y amo los diferentes mundos posibles gracias a los argentinos Cortázar y Borges. Y porque con 20 años me fui a vivir un año a Santiago de Chile, con sus weones, con sus weás y sus cosas bien cuáticas.

El caso es que desde entonces, desde esa experiencia que con 20 años me cambió la vida, he conocido Perú, Ecuador, Argentina y Bolivia y he podido sumar experiencias y ganas de seguir descubriendo este gran continente lleno de pasión y sorpresas. Por esto, y por mucho más, el mundo latinoamericano es mucho más que su geografía o las series de Netflix, y su cultura se expande y (me) alimenta sin saciarme nunca del todo.

El caso es que mi pareja es colombiana y aprovechamos para viajar unos días (20, poco) a Colombia a recorrer y conocer.

En estos 3/4 primeros días viajamos a Villa de Leiva en viaje familiar para descubrir la plaza más grande de Colombia:

Y unas callecitas bonitas, cuidadas y sin muchos turistas. No se me pudo escapar la primera librería de segunda mano…

También aprovechamos para ver un fósil único en el mundo de un cocodrilo enorme, también Ráquira, un pueblo precioso, con miles de casas y cada una con su combinación particular de colores. En definitiva, algo de variedad para empezar el viaje. La película Encanto no salió de la nada…

Por último, ya de vuelta, nos echamos una pachanga de basket con el hermano de mi novia, mi novia y chavales del barrio que andaban por ahí. En teoría he invitado a una adolescente colombiana a venir a España 😅.

Ahora nos dirigimos a San Andrés, isla al norte del país, en el Caribe. Seguiré contando. Por ahora, ahí van unas fotos:

Colombia y la cocaína VS Colombia

Tengo la suerte de poder ir a Colombia en breve, en apenas unos días. Quien me conoce sabe lo que significa para mí Latinoamérica y las ganas que tengo de ir a Colombia, por muchas razones. Lo que no tengo es la capacidad de callarme las buenas noticias y por eso, cada vez que sale el tema de «¿qué tal el verano, te has ido ya de vacaciones?», tan de llenar silencios incómodos, no me puedo aguantar y tengo que contarlo: «Me voy a Colombia en unos días» y aquí, en el momento de la respuesta, llega una risa nerviosa, una mirada extraña de complicidad ante un vicio inconfesable que se hace confesable durante unos segundos o bien directamente te dicen «¿me podrías traer algo de allí? y un jejeje que ni puñetera gracia. Evidentemente vivo en el mundo, sé lo que significa todo ese lenguaje no verbalizado, y también sé que parte de la gente con la que hablo no quiere problemas ni que le suelten la chapa, tan solo vivir su día a día sin problemas, meterse unas rayas de vez en cuando y que no le molesten. Pero como estoy aquí, en este espacio donde digo lo que me apetece y creo necesario, voy a decir algunas cosas para molestaros:

  • Si de Colombia, un país que tiene uno de los hábitats naturales más completos, complejos e impresionantes del mundo, tu primer pensamiento es la cocaína, o bien eres un cocainómano, o bien una persona simple que consume lo que ofrece Netflix y poco más, o quizá no has tenido la oportunidad de ver o leer nada sobre este país. No te preocupes, yo te cuento un poco.
  • Si de Colombia, un país que tiene una literatura conocida en todo el mundo gracias a su gran embajador García Márquez (te dejo una entrevista, para que lo conozcas mejor), autor conocido, leído y querido, tu primer pensamiento es la cocaína, o bien eres un cocainómano, o bien una persona simple que consume lo que ofrece Netflix y poco más, o quizá no has tenido la oportunidad de ver o leer nada sobre este país. No te preocupes, yo te cuento un poco.
  • Si de Colombia, un país que tiene la mejor cantera de ciclistas junto a Eslovenia, con grandes estrellas como Egan Bernal, Rigoberto Urán o Nairo Quintana, tu primer pensamiento es la cocaína, o bien eres un cocainómano, o bien una persona simple que consume lo que ofrece Netflix y poco más, o quizá no has tenido la oportunidad de ver o leer nada sobre este país. No te preocupes, yo te cuento un poco.
  • Si de Colombia, un país que tiene una música riquísima y compleja, que te sacude de arriba abajo, como demuestran Totó la Momposina, La Perla, Systema Solar, Shakira u Ondatrópica, tu primer pensamiento es la cocaína, o bien eres un cocainómano, o bien una persona simple que consume lo que ofrece Netflix y poco más, o quizá no has tenido la oportunidad de ver o leer nada sobre este país. No te preocupes, yo te cuento un poco.
  • Si de Colombia, un país que revienta de variedad y cantidad de frutas como papaya, maracuya, guayaba, durazno, curuba, banano, aguacate, piña, mango, uchuva, gulupa, pitahaya, granadilla, o tomate de árbol, tu primer pensamiento es la cocaína, o bien eres un cocainómano, o bien una persona simple que consume lo que ofrece Netflix y poco más, o quizá no has tenido la oportunidad de ver o leer nada sobre este país. No te preocupes, yo te cuento un poco.
  • Si de Colombia, un país en el que sucedió una de las batallas más memorables que se recuerdan, y que tendrían que tener alguna que otra película, como es la defensa de Cartagena de Indias por Blas de Lezo ante los ingleses, tu primer pensamiento es la cocaína, o bien eres un cocainómano, o bien una persona simple que consume lo que ofrece Netflix y poco más, o quizá no has tenido la oportunidad de ver o leer nada sobre este país. No te preocupes, yo te cuento un poco.
  • Si de Colombia, un país que acaba de tener una votación histórica después de 200 años de elecciones manipuladas, golpes de estado y guerrillas, que ha tenido un cambio de timón que pretende poner el bienestar de la población en el centro, con una vicepresidenta afrodescendiente que se ha convertido no solo en un símbolo para toda la población silenciada durante cientos de años sino que es un proyecto real y presente de cambio y justicia, tu primer pensamiento es la cocaína, o bien eres un cocainómano, o bien una persona simple que consume lo que ofrece Netflix y poco más, o quizá no has tenido la oportunidad de ver o leer nada sobre este país. No te preocupes, yo te cuento un poco.
  • Si de Colombia, un país que ha sufrido y sufre violencia, explotación, desigualdad y terror por el narcotráfico y todo lo que conlleva, tu primer pensamiento es la cocaína, o bien eres un cocainómano, o bien una persona simple que consume lo que ofrece Netflix y poco más, o quizá no has tenido la oportunidad de ver o leer nada sobre este país.

No te preocupes, yo ya te he contado un poco y en unas semanas vendré con más cuentos que contarte que García Márquez. Si quieres te los cuento, y si no, pues sigue con tus cosas.


El yo, lo sentimental y la política

Kadir van Lohuizen

Vivimos en la dictadura de lo sentimental. Pero no dentro del sentimiento empático, generoso y valiente por el otro, por su otredad ajena y justificada por no ser uno mismo, sino que vivimos en la dictadura de NUESTROS sentimientos. Nuestros sentimientos son ley. Que nadie se interponga, que nadie nos frustre, que nadie nos diga lo que podemos o no sentir. Y estos sentimientos se convierten en barricada. Ya nadie se preocupa por pelear por los derechos del otro, que cada uno se lo pelee solo o, al menos, con aquellos que defiendan la misma causa: Los blancos defenderán los derechos de los blancos, las mujeres defenderán los derechos de las mujeres, los hombres defenderán los derechos de los hombres, los negros defenderán los derechos de los negros, los españoles por los derechos de los españoles… y esta tendencia, cuando se vicia, se convierte en injusticia. Obviamente no es lo mismo la posición de un hombre blanco cishetero, de un país rico, con el mundo hecho a su imagen y semejanza que el de una mujer somalí, por ejemplo, que es prácticamente invisible a los ojos de todo el mundo.

Pero este pensamiento, que en muchos casos se justifica como casi una autodefensa para legitimarse en el mundo y obtener derechos justos, se basa en el YO y no en términos de justicia, igualdad, derechos o libertad. Nuestra lucha llega hasta donde llega el color de mi piel, mi sexo/género, mi documento de identidad o, en definitiva, mi posición en el mundo. Esta lucha, digo, que es una forma de egolatría y no de generosidad, hacia mí y hacia el otro desde el yo, no tiene nada que ver con la lucha conjunta por un futuro mejor. Porque las luchas que no intentan el beneficio de todos solamente son una lucha por defender tus privilegios u obtener más derechos para ti, no para todos. La lucha que no empatiza con todos, sino con solo aquellos que se parecen a mí, es una lucha egoísta e inútil.

Hace años que soy anarquista. Antes, cuando estaba en la veintena, pensaba en algún tipo de revolución que pudiera traer justicia e igualdad a la sociedad, pero desde hace años ya no pienso así. Ahora creo en una sociedad en la que no haya nadie que se quede fuera, que la democracia parlamentaria no excluya a nadie, que todas las opiniones sean aceptadas y válidas, que todo sea una asamblea y todo sea democracia. Por eso soy anarquista, porque soy demócrata y porque creo en el ser humano. Porque creo que ninguna persona queda o debería quedar por encima de otra.

Demos batalla a la injusticia, a la desigualdad, a la mentira, a la violencia y a todos los sistemas de poder que nos dominan, pero tengamos en cuenta que nadie es menos que nadie, pero tampoco más que nadie y que nuestros sentimientos no nos legitiman ante nadie y ante nada, que solo son parte de nuestra identidad y que no se pueden imponer a nadie.

Cercanías, 2016

Cercanías es mi segundo libro publicado, fue en 2016, con la editorial Baile del sol y con una pierna aquí, otra en Canarias y otra en la lupa, para que no se me escapara nada.

Este libro es un libro de amor, principalmente, porque su columna vertebral es lo ínfimo, ya sea mano amada, lucha compartida con el vecino o escalofrío desde el hueso hacia el vello.

Sigo alucinando con el prólogo que escribió mi admirada Vanessa Neorrabioso, que nunca he sabido muy bien cómo agradecer. Por lo demás, compartir editorial con gente tan enorme como Gsús Bonilla, Ana Pérez Cañamares, Roque Dalton o John Williams me hace sentir diminuto. Sigo dando las gracias, siendo consciente de que cada paso del camino no es un paso olvidado sino que nos acompañará toda la vida.

Roberto Calasso, Cómo ordenar una biblioteca

Desde hace años tengo la costumbre de escuchar, mientras me afeito, lavo los platos o alguna que otra tarea mecánica que no necesita que preste mucha atención cerebral, programas sobre literatura. Hace ya unos meses que subí el programa de Sebastián Porrini y Diego Ortega, La última página, al pedestal de mis preferidos. Y en este programa, junto a otros grandes de la literatura, descubrí a Roberto Calasso:

Todo está ardiendo, a punto de saltar por los aires y algunos nos refugiamos en la sombra a leer libros como este y escuchar a otros apasionados por la cuestión humana que normalmente llamamos literatura. Y, como la cuchara, objeto que se inventó un día y ya fue eterno para siempre, hay que rendirle pleitesía al libro porque es humanísimo (¿me aceptas el término?), único y necesario. Porque ambos objetos sirven para sobrevivir, cada uno alimentando su parcela.

En este libro, o, más bien, conjunto de conferencias y textos unidos, Calasso nos muestra

1. Que tiene una cultura brutal y ágil que salta de aquí a allá, del escondrijo insospechado más curioso de la historia a la actualidad vibrante de la actualidad y sus consecuencias. Y lo hace sin que se note el salto de un lugar a otro.

2. Que le encanta vivir. Porque los libros que aparecen nombrados no han llegado a conocimiento de Calasso de una manera fría o desprendida, sino que esos encuentros son una consecuencia de amar la cultura, la humanidad y, al final, los libros son, como dije antes, objetos humanísimos.

3. Frikadas de bibliotecas griegas, la London Library o la de Aby Warburg. Yo, lo siento, pero a mí estas curiosidades sobre bibliotecas, acostumbrado a estudiar leyes y normativas para aprobar unas oposiciones, pues me dan la vida. Para seguir estudiando oposiciones (Oh!).

El libro se desglosa con la siguiente estructura:

Cómo ordenar una biblioteca
Los años de las revistas
Nacimiento de la reseña
Cómo ordenar una librería

y en ella Roberto Calasso nos muestra, de manera cercana y amena, y con una prosa ágil y divertida, la naturaleza del libro y de los seres (bibliotecarios, lectores, escritores, libreros) que lo rodean y lo cuidan. Mención especial, una vez más, a Anagrama por hacer una colección tan bien cuidada, sobria, manejable y a buen precio. Además, en el caso concreto de este libro, y pese a que no leí «Los años de las revistas», me parece que el éxito del libro como conjunto le debe mucha culpa al editor, italiano, Adelphi Edizioni.

¡Sigamos profundizando en nuestra rareza, sigamos leyendo lo que Calasso y otros bibliófagos nos traen a nuestros platos!

Sucesos veraniegos


Nos informan de que en las últimas semanas se ha producido un extraño suceso en carretera de Colmenar Viejo dirección Madrid. Antonio Párpados está con Rodrigo Martín, responsable de la gasolinera ubicada en el kilómetro 23.

–Buenos días Rodrigo, ¿en qué consiste el susodicho suceso?, ¿usted lo ha presenciado?
–Buenos días, sí, cada mañana. Pues debe ser que ahora con el calor y el trabajo, no sé, la gente anda más enfurecía y claro, con las ventanas bajadas y eso, pues se nota más, se siente.
–Disculpe Rodrigo, pero no sé a qué se refiere.
–Pues a ver. Que la gente está mu quemá y un poco más adelante ya se empieza a formar el atasco y a esta altura se empieza a escuchar:
¡¡¡Me cago en todoooooooooooooooooooo!!!, por ejemplo, o un ¡¡¡estoy hasta las nariiiiiiiiceeeeeeeees!!!
¡Oh!
–Sí, sí, o se ponen a aullar como los lobos ¡¡¡aaaaaaauuuuuuuuuuuuuuuu!!!, sí, sí, que yo lo he visto y oído. Se agarran fuerte al volante y lo sueltan todo.
–Entonces, ¿usted cree que es gente hastiada de la monotonía diaria, almas libres que desean desconectarse de la rueda del trabajo que gira y gira?
–No, yo creo que es gente que está hasta los cojones de trabajar en verano.

Los mapas y tú



Somos la entraña de los mapas,
el látigo eléctrico y repetido que se ve desde los aviones,
apenas un banco de estímulos chocando contra las paredes de lo posible.

Somos las tripas de los mapas que horadan la presencia,
las fibras de celulosa que consultan su minúscula sombra en los estanques y sienten un chasquido en el pecho,
la debilidad afilada sobre los acantilados eternos de la muerte.

Somos el sótano de los mapas pero también el pequeño motor que los cambia y los contamina de acero, polvo y huesos.