Ojo y ventana (2014/2020)

(2020)

(📸de Frank Horvat)

Ojo y ventana, el primer libro, los primeros pasos, las primeras luces. La luz que rebota en los ojos, en las pieles, en las calles. Poemas, búsquedas, hallazgos. Lo miro hoy, con cierto miedo, vuelvo a aquel que fui en 2014 y antes y siento vergüenza, miedo, pero también agradecimiento por haberme atrevido a escribir poemas y que otro yo, alguien insospechado y desconocido, fuera posible. Gracias siempre a Inés, a Roberto, a Elvira Amor, a Ignacio Armada y a tantos escritores y seres que se emocionan y motivan y que sin ellos este libro no sería posible.

Fotografía
La que tiene los ojos llenos de medusas
la que de su piel tres litros de leche
de azúcar,
la que enciende las luces
la que entró en mí,
con los ojos por delante y ya no hay puerta de salida
ni ceniza ni moscas en la fruta.

La que está aquí,
creciendo circular como una selva,
el animal que no se acaba
que no se rinde
y su pelo lleno de escondites.

Y estaba yo, en aquellos años, aprendiendo francés, leyendo lo de aquí, lo de allá y lo de acullá y llegué al bueno de Arthur Cravan. Aquel boxeador poeta que cautivó y enamoró a Mina Loy, la gran artista modernista. Pues resulta que, además de ser poético, el tipo escribió un texto en prosa que, de alguna manera, se podía interpretar como una biografía poética. Yo, como el niño que apunta 🌚con su cohete de juguete a la luna, intenté hacer algo parecido (la creación hunde sus raíces en la admiración, creo 🌱)

Ahí va:

Tengo veintisiete grietas en la casa de mi niñez-Mis poemas son tijeras, a veces están llenos y otras tienen hambre-De pequeño quise ser ardilla, pero ser ardilla no da trabajo-Yo tengo una pierna llamada Miraflores y un brazo olivo de Torrelaguna-De niño era neandertal y feliz-Prefiero el desobecedario al abecedario-Aprieto los dientes para que no se me escape la vida-Sin amigos me siento un pez en la niebla-No conozco a ninguno de mis huesos, son muy tímidos-Mis padres son la A y la Z de mi cuerpo- Leer estos poemas solo en caso de incendio-Mi disfraz preferido es el de Himalaya-He tenido más vidas que un ministro pero menos que un dromedario-Vivo en verano lo que escribiré en invierno-Mis mejores poemas no están aquí, los tiene ella guardados por su cuerpo-Si me miran por rayos X encontrarán una canica-Cuando escribo me fijo en las ventanas, que son las primas de pueblo de los espejos-A mí me llegan los poemas como fuegos artificiales. Un día me muero del susto- Este libro no necesita WIFI-Me siento paralítico cuando no recuerdo una palabra-Estudié periodismo, pero debería haber estudiado para ventrílocuo, mi trabajo actual-Nací OVNI pero me puse este disfraz para no asustar a mi familia-Mis ríos se están secando, se alejan las nubes juveniles-Este libro no tiene nada que ver con el cerebro-Cada vez soy más rico y la gente más transparente-Mis recuerdos son peces cada vez más borrosos-Solo soy el dibujo del puzle-Tengo corresponsales en cada ojo-Quiero ser verbo-Soy más de servir que de obedecer-Yo quiero ser nosotros-No sé nada, lo siento.

Y lo social, lo colectivo, el vivir no solo en nuestra piel sino en la piel común. El 15M era un sueño aún sin rasgar y creímos, creamos y fuimos personas esperanzadas. También en la poesía. Por eso, poemas así, inflados de ingenuidad pero también de humanidad y sinceridad, brotaban en aquella época. Aunque ahora me den cierta vergüenza…por no ser aquello que soñé, hace tiempo, en un libro llamado Ojo y ventana.

Sobre convertirnos en ventanas

Ya no nos caben días enfermos en la tripa y se nos agolpan niños frente a los ojos, pidiendo más, que pase la película de muertos que nos atornilla los pies al calendario, va siendo hora de mudar la piel y germinar las carreteras.

En nuestro paraíso de silencio útil y lengua automática, el impulso estaba mal visto por las señoras totémicas del orden, por eso tuvimos que hacer nudo a nuestra carrera roja de jóvenes potros sin montura de otoño, ni correa.

Nos dijeron que no era fácil, que ellos lo intentaron, pero todo fueron cerraduras, que también la piel llena de manantiales, pero todo fueron ladrillos cortando el camino.

Yo sé que una tele nos basta, que con un albornoz se viven cincuenta inviernos, y una porción de amor es suficiente para no acercarse nunca al filo del colmillo, pero también sé que ninguna tele nos salvará del ruido de rinocerontes que pesa en la espalda, ningún albornoz quitará el frío de nuestra piel egoísta de iguana y yo sé que ningún amor por partes, por piezas, sin piel abierta, nos hará vivir con la ventana en la punta de la lengua esperando lo posible como si fuera pan para tripa vacía.

(2014)

Para Ojo y ventana tuve la suerte de que la cubierta la hiciera una gran artista y amiga llamada Elvira Amor Melones. Este libro, sin su capacidad de mirar distinto, no sería el mismo. Mil gracias por ayudarme a abrir nuevos horizontes conmigo 😘☀

Posibilidad

Si tuviera un corazón bisonte
dónde meterlo aquí no me cabe
no se rompe contra los campos
no sangra de indio ni de primavera
¡se me muere de triste
de ceniza!
Si tuviera un corazón bisonte
robaría todos los besos relámpago
el vino cordillera de vuestra noche
me quitaría los brazos, las piernas, para dejarle espacio,
dejarle que corra,
que embista mi piel y mis fronteras
que se moje de lluvia y de amarillo
y descanse en mi cuerpo
a sus anchas.
Si tuviera un corazón bisonte…

Ella

Acariciaba el café con la cuchara
llenándolo de círculos,
de caminos,
y yo quería ser café
que marcara en mi piel
todas las idas y venidas
que le diera la gana.
Había días en que se acercaba a mí,
bajaba las escaleras de mi cuerpo
soltando ríos de labios
y encendiendo todas las luces.
Estuvo cerca pero nunca fue mía,
nunca para siempre.
Después de quemarse volvía a su frontera de miércoles
a su piel de ventanas cerradas,
a su piel
siberiana esquiva,
y me dejaba allí tirado
con los cerezos desplegados
y los pies desnudos.

y por llevar la contraria, el prólogo, de Ignacio Armada, al final:

El libro se llamaba Almas ardiendo, y lo había traducido y prologado Gregorio Marañón. Fue el primer poemario que vi en mi vida, siendo diminuto yo y enorme él, flotando ambos en la inmensidad del hogar familiar. Con el tiempo, las proporciones se invirtieron, y entonces descubrí que su autor se llamaba Leon Degrelle, y que era más conocido como fundador del partido rexista belga, un hombre que repetía orgulloso que una vez Hitler dijo que, si hubiese tenido un hijo, le hubiese gustado que se pareciese a Degrelle.

La poesía de Degrelle no llegaba muy lejos, pero resulta una macabra ironía que titulase su poemario así después de haber vestido el uniforme de las Waffen-SS. Y ahora, cuando uno piensa ya que él último libro de poemas leído va ser el postrero, cuando podemos pensar que la Poesía es hoy sólo ceniza de almas ardiendo, aparece Jorge García Torrego, que sólo sabe vestir el uniforme de poeta, y trae unas páginas en las que el fuego de la realidad consume voraz el espacio para que las palabras se arrastren y tiendan en la página.

¿Qué sabemos de Jorge García Torrego? Sabemos que, como todos somos, él es una sombra. Una sombra que se proyecta sobre las palabras. Una sombra que escribe desde la penumbra de lo cotidiano, que es siempre luz que se filtra por una persiana para calentar y no quemar. Escribe sabiendo que el poema amplía perfiles y los desdibuja, como ocurre con el mundo bajo la zona de negrura. Como en los viejos folletines radiofónicos, con la voz de Orson Welles resonando en las tardes oscuras, escuchamos en alguna parte que “la Sombra sabe”. “¿Quién conoce la maldad que acecha en el corazón de los hombres? Después del anochecer, cuando la ciudad se llena de sombras, los gángsters entran en acción. La Sombra, maestro en el arte de descubrir crímenes, pone todo su ingenio en la lucha contra los caudillos de los bajos fondos ¡La Sombra sabe…!”.

Y Jorge, como la Sombra, nos cuenta una parte de lo que ha averiguado contemplando la noche y el bajo fondo de la realidad. Nos lo cuenta en algo que podemos llamar versos, o de cualquier otra forma, pues es más una cuestión de ética que de métrica.

Nosotros también sabemos algo. Sabemos que Jorge ha vivido cerca de una cárcel y aún más cerca del aire y de las sierras. Sabemos que su madre sabe hacer el gazpacho con plenitud solar, y que su abuelo Antonio lee ahora a Lorca, descubriendo la poesía con la pasión con la que dicen que un antiguo romano empezó a aprender griego con ochenta años, puesto que uno nunca sabe en qué momento esto acaba, y qué puede ser útil en el Otro Lado. Hay que estar preparados. Y además, la Poesía, al contrario que el resto de nuestros aprendizajes, nos sirve siempre para el ahora, sin importar el mañana. Tal y como escribe Jorge García Torrego.

Sabemos todo esto porque en una lejana, lejana galaxia, hace mucho, mucho tiempo, Jorge y yo ocupamos el mismo aula durante unos meses, en ese juego en el que todos pierden llamado universidad. Allí entreteníamos el tiempo hablando y examinando sobre Periodismo, Cultura y otras falacias vitales. Examinamos nuestras complicidades. Hablamos sobre creadores y auras frías. Debatimos una vez y otra sobre las posibilidades de la obra de arte y su originalidad en el tiempo en el que existen copias perfectas y multiplicables al infinito.

Pero resulta que la Poesía es hoy el único espacio en el que la obra literaria reelabora su aura, quizá porque cada vez se compra menos, y por eso, se imprime menos. Si Jorge copiase sus poemas varias veces -no a modo de castigo, que quede claro-, seguirían sus palabras, de urbanita maldito, conservando su aura de resplandor en la nieve. Este poeta, con aspecto de noble matutero transalpino, con mirada de viaje interior y verbo nerudiano sólo hasta lo justo, ha comprendido como pocos el verdadero proceso histórico de la Poética: de lo sacro a lo narrativo, de lo narrativo a lo metafórico, y ahora, o bien volvemos a narrar, o sólo contaremos anécdotas versificadas que cabrán en una pantalla de teléfono móvil. Por eso este poemario narra experiencias, sin apartarse de la capacidad de la lírica para trastocar los emblemas de cada elemento de la realidad. Como en el T.S. Eliot de los Cuatro cuartetos, en esta obra de título surreal pero pulso eterno, Ojo y ventana, se recrea el verso eliotiano: “Vieja piedra para edificio nuevo, vieja madera para hogueras nuevas / viejas hogueras para cenizas, y cenizas para la tierra, que ya es carne”.

Y es que al final, la Poesía siempre sabe manotear en la superficie del naufragio, y encontrar maderos nuevos a los que aferrarse, como este libro. Maderos nuevos para elevar milenarios fuegos hasta las Alturas. Paul Dirac, uno de los casos más radicales de autismo genial en la Historia de la Ciencia, mantenía que en Física se intenta decir a la gente las cosas de una manera tal que comprendan algo que nadie antes sabía. Y que, en el caso de la Poesía, la finalidad es exactamente la opuesta. No obstante, su principal descubrimiento en el mundo cuántico se representaba como el Mar de Dirac, un océano infinitesimal de partículas en el que los positrones creaban huecos. Un mundo de rara poesía. Y difícilmente comprensible.

Tal vez todo sea más sencillo. Al vate galés Dylan Thomas, en el transcurso de una encuesta, le hicieron una pregunta aparentemente compleja: qué era para él la Poesía. Thomas mantenía que había empezado a escribir porque se había enamorado de las palabras antes de saber lo que significaban, que amaba aquellas formulaciones del lenguaje cuando las escuchaba por primera vez; sonidos melodiosos que reproducía y formaban entonces parte de él. Y respondió: “Yo sólo leo poesía por placer. Leo sólo los poemas que me gustan. Cuando los encuentro, entonces lo único que puedo decir es «Los hallé» y leerlos por placer. Lea los poemas que le gusten. No le preocupe que sean «importantes» o perdurables. Después de todo, ¿qué importa lo que la poesía es? Lo que importa es el movimiento eterno que está detrás de ella, la vasta corriente subterránea de dolor, locura, pretensión, exaltación o ignorancia”.

En fin, creo que este libro, estos versos que se avecinan, son poesía, y creo que T.S. Eliot, César Vallejo, Oliverio Girondo y Dylan Thomas estarían de acuerdo. Y muy probablemente Leon Degrelle no. Y Marañón querría diagnosticar a Jorge. Y Paul Dirac nadar con él en un mar de partículas. Nosotros nos conformaremos con leer lo que escribe, porque en Jorge García Torrego se está manifestando de alguna forma una coherencia del ser y del estar, del escribir y del sentir. Un aura ardiente. Y podemos calentarnos las manos y el alma arrimados a sus versos.

Ignacio Armada Manrique

Los baños de Plaza Castilla, el mito (parte 3)

Pues sigo, una semana más, con el tema este de la nostalgia del horror, representado por los baños de Plaza Castilla y su ecosistema de orina y ocultismo. Porque al final, lo que sentíamos muchos chavales que pasábamos por estos baños, o por necesidad (que nos estábamos meando / cagando) o por curiosidad, era recibir el mundo homosexual de una forma asquerosa, medio perversa y con miedo. Porque la España o el Madrid de aquellos años y el Madrid de ahora no tienen nada que ver y la homosexual da cuenta de ello. Sé que sigue habiendo palizas, muertes y vejaciones por homofobia. Pero es que en aquellos años (hace unos 20 años, aproximadamente) la cosa era todavía mucho peor.

Los baños de Plaza Castilla, que eran una especie de baños de festival a las 4 de la mañana o los baños de los Uruk Hai después de las fiestas de su pueblo, eran un territorio hostil desde antes de entrar. Tenías que ir, para empezar, mirando cada poco tiempo el reloj para no perderte el bus, que en aquella época pasaba como cada hora, aproximadamente y perderlo suponía a veces morir de frío en el intercambiador, otras de calor y la mayoría de las veces, de aburrimiento.

El segundo paso era coger aire y, con ese aire más o menos limpio, tenías que entrar rápido, sin pensar, sin detenerse, sin hacerse preguntas, ni mucho menos hacérselas a nadie, encontrar un lugar esquinado, con un solo frente vulnerable y empezar a mear (digo mear porque cagar en ese antro era como cagar en el desembarco de Normandía). Había que ser rápido, efectivo y no ser curioso. Aún tengo algunos flashes de aberraciones de aquel baño rondándome la cabeza, muestras de arte corporal bastante innovadoras.

El tercer paso era mear lo más rápido posible, sin acercarte mucho al meadero, para no mancharte CON NADA pero tampoco demasiado lejos para que nadie te viera NADA. Esa distancia justa te podía salvar la vida.

Por último, con la misión cumplida, NO había que pasar por el lavamanos. El agua en esos baños fue siempre una quimera e intentar lavarse las manos podía interpretarse como alguna señal rara o vete tú a saber.

El último recuerdo que quiero compartir (sé que no está siendo agradable, lo siento) es el de un sitio aún peor. Porque los baños de Plaza Castilla se cerraban en algún momento de la noche y, algunas personas, decepcionadas o enfadadas, habían decidido mear en un esquinazo al lado de la puerta. Esta tradición, declaran algunos arqueólogos, viendo el nivel de corrosión del metal, podría llegar hasta la época de El Cid Campeador.

Ahora se habla mucho del MacroProyecto de Madrid Chamartín Norte, o algo así, que seguramente cambie nuestras vidas a mejor y para ser más europeos y tal, pero para siempre quedará en nuestra memoria (qué remedio) el haber sobrevivido a aquellos baños del infierno, a nuestra propia mili del asco.

Pues sí, estos eran aquellos valientes guerreros de los que os he hablado

Diseño de Convivir poesía, conbeber poesía (2021)

En 2015 estaba yo terminando el Máster Universitario en Formación e Investigación Literaria y Teatral en el Contexto Europeo en la UNED cuando, para terminarlo, tuve que hacer un trabajo de investigación sobre un tema novedoso (lo que se suele llamar un TFM).

Como estaba bastante cansado ya del Máster, estaba viviendo a tope el fenómeno de las #jamsessions en Madrid y tampoco se me ocurría otro tema novedoso, decidí hacer la investigación sobre lo que estaba viviendo y ayudando (muy poquito) a construir: la poesía oral en el Madrid del siglo XXI.

Ese TFM fue bien, acabé el Máster y busqué editorial. Todos los que hemos leído poesía en España conocemos a la editorial Amargord. Por cosas buenas (Zurita o Gonzalo Millán, entre otras grandes voces) y por cosas malas. A mí me habían ofrecido publicar con ellos en 2010 un libro de cuentos por unos 300 € y dije no, aún era así de romántico, ya ves. En esta ocasión, ya en 2018, y como también tenían un sello en Latinoamérica, decidí tragar un poco mis dudas y escrúpulos y tirar palante pero, eso sí, con mil ojos en el contrato y en todo lo que acordara con ellos. De todos modos, agradecí y agradezco que confiaran en mí.

Salvo la cubierta (flipante, por cierto), de Gsús Bonilla, la edición del libro fue bastante desastre, poco profesional, frustrante y decepcionante. Pero hubo trabajo por su parte, eso sí que se lo reconozco. Y también el aporte esencial de las fotografías de Federico Romero y Carmen Lafuente, que llevan al libro a otro lugar mucho más importante.

El caso es que aquella edición acabó con burofax, incumplimiento de contrato (por su parte) y el libro se quedó en tierra de nadie (en teoría). Nunca recibí 1€ por la venta de ese libro aunque, a día de hoy, se siga vendiendo. Decidí pasar y tirar por mi cuenta.

Y, por eso, en 2021 decidí rescatar este libro, pionero en tratar el fenómeno de la poesía oral en Madrid/España. Con este diseño quise darle una nueva vida, pero también con nuevas entrevistas y contenido interesante, que pongo en la siguiente foto. 😊

Como comentaba en la anterior publicación, esta segunda edición del libro venía para rellenar un hueco que había quedado vacío. Y, por eso, intenté que fuera el mejor libro posible. Os adjunto aquí el índice:

Además de los mencionados en el índice, conté para esta edición con el prólogo de mi admirado @albertogarciateresa, a quien le agradezco mucho su apoyo y generosidad.

Y, para terminar, quiero decir que no me gusta crear polémica. Pero no soy un cínico ni un cobarde y, cuando alguien hace mal las cosas, se tiene que decir. Como dije en la primera publicación, siempre agradeceré a los editores que han confiado en mi poesía, entre ellos Chema de Amargord, lo que no apoyaré es que se haga en términos injustos.

Quise que el diseño de la cubierta de esta reedición no fuera «otra cubierta más» y, por eso, me costó mucho encontrar el diseño que reflejara el lugar de creatividad, pasión y también aleatoriedad que es (o debería ser) una #Jamsession. Además, quería que no fuera solamente visualmente atractivo, sino que fuera útil, que hubiera información interesante. Por eso, la cubierta interior tiene el índice incluido, para que se pueda ojear fácilmente qué es lo que esconde el libro…

Las marcas que veis de cercos de vasos, con vino, son marcas reales. Pensé en insertarlas con un diseño pillado por internet, pero creí que el efecto sería más real y más auténtico así (y además el vino estaba muy bueno! 😂😍)

Y, como dice esa servilleta que tomé prestada de algún bar (durante varias semanas fui comparando servilletas hasta que encontré la que me encajaba).

Gracias por su visita

Los baños de Plaza Castilla, el mito (parte 2)


Bueno, sí, ya sabemos que no era South Park, pero lo que voy a contar es algo gore también y no había otro GIF que me cuadrara más. Bueno, al lío.

Estaba yo contando que bajar a Madrid empezó a volverse costumbre gracias a, mi caso, el bus 725 (línea de Madrid a Miraflores, con demasiados pueblos entremedias) y el 197 (línea de Torrelaguna a Madrid, e igual, con demasiados pueblos entremedias, incluso más aún que en la 725). Estos buses, que cortaban la mañana, la niebla, la oscuridad, pero se quedaban atrapados en el tiempo y no terminaban nunca de concluir su viaje, eran vehículos llenos de azar. Siempre pasaban cosas.

A ver, como leísteis en el capítulo 1, hace poco se me jodió el coche y no hubo más narices que subirme al 725, y es que fue un viaje en el tiempo. Los asientos siguen siendo delictivos, menos amplitud que en Ryanair, la comodidad sigue siendo un lujo y los conductores de hoy en día siguen creyendo que llevan entre los dedos un cubilete y no a seres vivos. Eso sí, el caso es que aluciné cuando vi que habían PUERTOS USB. Flipé. Y es que los autobuses que yo conocí, que nosotros vivimos, eran una caja de sorpresas. La mayoría de ellas pochas. Carcasas sin atornillar y que caían de los techos porque sí, luces que funcionaban o no, cinturones de seguridad que estaban o no, incluso pulsar el botón rojo de PARADA SOLICITADA era un acto de fe, pues no siempre funcionaba.

A ver. Seremos justos y no echaremos toda la culpa a los señores del Consorcio de transporte, porque los gañanes que solían subirse a los buses eran seres con la testosterona, la idiotez y la inconsciencia en empate técnico. Y la zona cero del mal eran las últimas filas del bus, como habréis podido imaginar, un lugar sin ley en el que el de mechero podía servir de brocha, una colección de lardos, con colores, texturas y humedades era nuestra particular pinacoteca y todo lo rompible roto o a punto. Podemos decir que entrar en esos buses era un salto a otra dimensión. A una peor, eso sí. Esto que cuento de los buses, rollo casi épico, con cierto halo de nostalgia, no quiero que se lleve a confusión: ERAN Y SON UN ÑORDO COMO LAS TORRES KIO. Y ahora más, con el palitroque ese que ya me dirás tú.

(Seguiremos en próximos capítulos, gracias Guille por animarme a hacer este capítulo 2)

Diseño de Hogar (2020)

De pequeño dibujaba mapas, Mortadelos y retratos. Lo que me quedaba a mano y lo que no, lo que me fascinaba, lo que quise emular para aprender de ello. Las narices, los cabos, las gafas de Mortadelo. Y ahí sigo, aprendiendo. Porque el garabateo inconsciente en el cuaderno desde las últimas filas del colegio/instituto/universidad/trabajo no lo he abandonado nunca y, hace un par de años, decidí dar el paso, hacer un curso de diseño gráfico (gracias a mi querido Paco Rosco siempre ) e intentar poner en imágenes lo que sentía. Tener más herramientas.

He tenido la suerte de poder contar con editoras Lastura, Baile del sol y Canalla ediciones que han querido apoyarme y dejarme que el libro no solo fuera palabras, sino también imágenes, y aquí vais a poder ver los resultados.

En este caso tenéis el diseño de la cubierta, interior y exterior, de Hogar (2020), mi último libro hasta la fecha.

Los baños de Plaza Castilla, el mito (parte 1)

Entrance of ‘Plaza de Castilla’ metro station in Madrid (Spain). Background: ‘Gate of Europe’.

Hacía tiempo que no pensaba en esto, quizá por mi mala memoria o quizá por mi salud mental. Pero el caso es que volví a pensar en Plaza Castilla, no la de ahora, sino la de antes, y sus baños medievales.

Nos ubicamos en 2006-2008, por ejemplo, y Madrid era una ciudad bastante diferente a la que es hoy. Mi entorno era de pueblo, de pueblos del norte de Madrid, y Plaza Castilla era algo así como un cuello de botella por el que había que pasar para acceder al Madrid de los botellones, las chicas y la cultura. Sí, también de la cultura. Porque en una época preinternet aún importaba la cultura, como algo limitado y misterioso.

A lo que iba.

Plaza Castilla era el lugar donde empezaba el día, después de una hora de viaje y atasco, y donde terminaba el día los fines de semana. Desde ahí nos lanzaban de vuelta al pueblo con algo más de dolor en el hígado, experiencias más o menos satisfactorias y una frustración más o menos creciente por no poder quedarnos en Madrid, evitarnos el bus.

Y en los recovecos del día estaban, siempre, a punto de fundirse por los meados nocturnos y el calor del sexo salvaje, sucio y poderoso, los baños de Plaza Castilla.

Ya no, poema de Idea Vilariño

Ya no

Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme
nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber
por qué ni cómo nunca
ni si era de verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.
Ya no soy más que yo
para siempre y tú
ya
no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.
No volveré a tocarte.
No te veré morir.

Idea Vilariño

UN VERANO, UN AQUÍ (Agosto 2021)

El sol y la chicharra del ahora,
Imperios nómadas de quita y pon.
Territorio: mundo sin cartabón,
fértil esta paz de calma cantora.

Todo aquello,tiempo que no perdí
(refugios, kilómetros y canciones),/
de aquel disfrute de vacaciones,
de islotes, birra y playas junto a ti.

Restos de felicidad en un cuenco,
juntar salivas y caminos de sal,
ser presentes; huir de lo cruento.

Quedarán las fotos ciegas en el mar/
puñado de lo que vibró un tiempo,/
eco de dos que cosieron un cantar.

(Soneto inédito y a vuelapluma, como un armar la tienda en mitad de la hoja en blanco ⛺️📒)

Amigo

cuando alguien me mira y me dice una verdad,
no la verdad, sino una verdad,
una verdad hecha con trozos de muela y coágulos de nudo de garganta,
una verdad hilo de aire entre piedras,
una verdad escondida de las luces y los aullidos,
una verdad como pájaro herido envuelto en una servilleta de la cocina y recogido en unas manos,
digo
que cuando alguien me mira y me dice una verdad
yo puedo llamarle amigo.

con mi buen amigo Manuel Álvarez Ugarte.