Poemas

Poemas inéditos

5

Amigo

cuando alguien me mira y me dice una verdad,
no la verdad, sino una verdad,
una verdad hecha con trozos de muela y coágulos de nudo de garganta,
una verdad hilo de aire entre piedras,
una verdad escondida de las luces y los aullidos,
una verdad como pájaro herido envuelto en una servilleta de la cocina y recogido en unas manos,
digo
que cuando alguien me mira y me dice una verdad
yo puedo llamarle amigo.

con mi buen amigo Manuel Álvarez Ugarte.

4

Somos la entraña de los mapas,
el látigo eléctrico y repetido que se ve desde los aviones,
apenas un banco de estímulos chocando contra las paredes de lo posible.

Somos las tripas de los mapas que horadan la presencia,
las fibras de celulosa que consultan su minúscula sombra en los estanques y sienten un chasquido en el pecho,
la debilidad afilada sobre los acantilados eternos de la muerte.

Somos el sótano de los mapas pero también el pequeño motor que los cambia y los contamina de acero, polvo y huesos.

3

2

en los oleajes tibios de la noche,
en los azulejos de la tarde,
en la lentitud de las mañanas, en su café sin sabor, sus magdalenas sin sabor, su pezuña sin testigos.

Vivir contigo y orbitar tu boca, como satélite o cometa,
vivir contigo en el collage de la luz, en su mosaico,
en nuestra lentitud sincera de mangos y zanahorias.

Vivir contigo y vivir conmigo,
linde y trocha,
recoveco en la ciudad de los gritos.


1


Cada palabra una puntada,
el hilo como el hueso del río que soy,
el cauce,
la vena seca que queda.

De todo el humo del recuerdo,


polvo estrellado en la curva del cráneo,


no quedará nada
nada seré
nada soy
salvo ese hilo
el poso después de que pase el tren,
el escombro tras el temblor.

Hogar (2020)

«Porque de ti volví a aprender lo necesario: pan, casa, destino, camino».
Manolo García

Hogar,
velocidad derrotada,
plato sin reloj ni cuenta
donde no sobrevuela un murciélago el silencio de los sillones.

Nunca nadie cambió tanto de paredes como nosotros,
lo espinoso de las camas manchadas por los monstruos de la noche,
llaves acumuladas en los cajones,
brújulas a medio hacer, derretidas como muñecos de nieve de la infancia,
refugios abandonados.

Buscamos en las calles dónde encajar nuestros cuerpos,
dónde amasar la oscuridad que construya la cueva,
que sea posible pintar con los dedos las paredes.

Se acumulan los libros,
hilos recogidos donde los hermanos pulsan su lengua,
cuerda de guitarra,
instrumento submarino común,
y el mapa se hunde desgarrado por alambre de espino,
nuestra carne marcada con sílabas de mordiscos cercanos,
cuchillos de cocina.

La casa,
aquel animal mítico de muros como vértebras posibles,
animales de bosque,
juego de niños mayores, que encaje todo bien,
cada piedra importa, nada se escurre sobre el musgo.

Así las patrias, los mapas a la medida de los pulgares,
los sudores y el musgo, las arrugas del aquí,
lo compartido,
las marcas de nuestros ojos en la madera posible del tiempo.

(…)

«Eres más hermosa que el relincho de un potro en la montaña».
Vicente Huidobro

Te gusta la poesía,
dices,
y que yo escriba poesía,
afirmas,
pero después de conocer el mapa que soy, lo tangible,
la corteza,
y te encuentres que bajo la epidermis de las letras hay
oscuridad,
dudas,
y nunca se hace pie,
te cansarás de nadarme.

Y no tendré trabajo fijo porque mi trabajo fijo es navegar y
no se paga,
y me pedirás que mi océano pase a ser una bañera,
algo tramitable, un hobby,
un producto que meter en tu carrito de la compra,
pero la poesía no tiene forma
y me muerde
y me da vueltas,
y me pide, me exige.

Yo busco un trabajo para comer, compensar la balanza,
espesar lo líquido, pero tú te cansas,
buscas tu destino, tu camino fijo, tu vocación,
tu alimento estable, tu horario marcado
y a mí todo se me mueve,
creo cimientos y los derribo en cada hoja
y te cansas,
y ya no te gusta la poesía,
y ya no te gusta que yo escriba poesía,
y te alejas,
construyes tu camino
y te alejas,
yo creo el mundo volátil de este poema mientras mi mundo se cae,
te has ido,
qué importa ya este poema invisible
por fin tengo algo sólido
se llama soledad.


El despertador de Sísifo (Lastura ediciones, 2018)


6:35 H.

Nos enseñaron a competir y hoy aceptamos lo que nos toca.
Porque también nos enseñaron a obedecer.

El arlequín sentado, Tania Panés

Como un buzo lleno de misterios antes de cruzar la superficie repito el palmeo de los bolsillos:

la cartera bolsillo derecho
las llaves de casa bolsillo derecho
móvil bolsillo izquierdo
tarjeta de transporte bolsillo izquierdo.

Repetir el proceso, las coordenadas,
aguantar el aire, soga discontinua para volver a la vida.
Así cruzar el día hasta llegar a la oficina
–no soltar la soga, mantenerme firme–,
palpar los bolsillos y reconocer el sonido, la forma,
como recorrer los dientes para agarrar el ahora
o el ángulo de la palabra mamá en la boca inhóspita de los niños.

(…)

30 AÑOS

Mis abuelos tienen patria y dolor de espalda,
muestran en los bares sus grietas,
acantilados por el alud de trabajo.
Esa es su patria, manos rotas y torcidas donde se olvidan las rectas de otro tiempo,de otra época.
A primera hora de sol la luz se envenena.
«A quien madruga Dios le ayuda»,
decían desde sus ojeras como trincheras asaltadas,
intentando encontrar algo de calor en Dios,
al menos la esperanza.
Y así les pasa la mañana por encima como tren sin prisa 30 años, 50 años.

Así cogiendo aire en las navidades y el fútbol,sin mirar atrás,
pensando en cómo se desata la maldita cuerda,
la persona que siga descansando bajo las sábanas.
Aquellas faldas negras del destierro,
telones de la función del dolor,
pisos subterráneos en la cocina de la tierra.

Mujeres de corteza escondida,
plazas de pueblo donde sentarse a tomar el fresco de la vida que escapa lento,
madrugadas recortadas donde todos asumen la garrota, las gafas,
las muertes de los amigos como aceptan la caída de la hoja o el verano del nieto,
y no saben parar, salir del calendario,
maldito orgullo del sudor,
maldita la hora vieja y dura donde me pusieron su yugo,
maldito su voto tatuado en mi piel.


Cercanías (Baile del sol, 2016)


Los viejos olían a sopa fría. Mezcla de colores apagados, niños que llegan al otoño y tienen frío del invierno, que es donde se acaba todo. Se mueven lento los viejos, como si tuvieran cariño al suelo y no quisieran abandonarlo. Son mezcla de olivo y engranaje, tienen la piel marcada con las agujas del trabajo, como signo de sequía.

A pesar del tiempo siguen aquí, como actores secundarios e inválidos. Son libres en su espacio frágil de papel y espinas, varados con los ojos húmedos aún. Tienen un tiempo gastado en el cerebro y saben que no volverá el rocío antiguo.  

Los viejos caminan en las tardes para recordar el mundo que fueron, la velocidad de sus tendones, la fiebre que tuvieron los primeros días. Se dan la vuelta y se vuelven niños. Necesitan la guía para desaprender el mundo y dejarnos aquí, solos.

En su cansancio hay un mensaje para nosotros. Poco tiempo nos queda de pelo y poco tiempo de celebrar las noches. Pocos días para apretarnos a las revoluciones y los amigos, que aquí todo se acaba y se cierra la función. Sigue esperando el hijo que no te atreves. Tu yo del futuro desea que dejes ya ese trabajo de mierda. Tu viejo tú lo sabe.

Se mueven en grupos porque la muerte les ataca cuando se quedan solos. Edificios a punto de caerse, gafas y papeles amarillos. 

Personas que están bajando la cuesta, que todo su futuro son recuerdos y volver a caminar el paseo de su recuerdo, pero su recuerdo ya no existe. Las casas ahogadas en hormigón moderno no dejan ver su memoria. El campo, los ríos, las alpargatas y el amor con los animales. Vértices de aquel tiempo en blanco y negro desde aquí, desde el presente asesino que no olvida a sus víctimas. 

(…)

El capitalismo te sopla la nuca en la fila del supermercado, saca la cartera, quieres bolsa, quítate del medio, déjame pasar, date prisa, ¿eres del club? ¿Qué club? ¿Quieres una bolsa o no? Son quince con veintisiete segundos de tu vida, quiero decir, euros. ¿Tienes veintisiete céntimos sueltos? Dese prisa, el siguiente.

Se llamaba Montse pero a ella también se le olvidó su nombre porque capitalismo no es palabra oscura, es photoshop brillando en modelos como signos de exclamación y matando niñas que no pueden meter más tripa en las fotos.

El Capitalismo sube una escalera con los peldaños de tu padre y tu abuelo. El que le roba su hijo a la madre que no puede parar de apretar tuercas. Capitalismo tu compañero de escuela que no te deja copiar, que no te cuenta los misterios. Nos rodean de dinero y nos cortan las manos. Hace tiempo que el burro se cansó de la zanahoria, ahora quiere un IPAD y un móvil para poner una zanahoria en twitter. Hay que alimentar al monstruo del nosotros mismos. Todos son enemigos.

El amor es una estrategia de mercado, un marketing de selfies borrachos. El capitalismo nunca envejece, se alimenta de tus hijos llorando porque no tienen la última play, ni el peinado de Cristiano. Capitalismo mundial de amiguetes y tecnología que esconde esclavos. Te pago un móvil por ocho horas al mes de trabajo. El salario es un flash y una foto en facebook con muchos me gusta. Aparta la muerte. No pienses en ella. Luce y compra la última moda. Todas quieren ser como aquella heroína en 3D que nunca existió. Todos quieren tener cuadraditos.

No son palabras raras. Capitalismo mezclado y agitado atravesando tu garganta. Capitalismo tu, y yo, y todos los compañeros. Capitalismo machacando gatos y perros en las autopistas y vendiendo el espectáculo en un vídeo de youtube. Capitalismo jugando contigo, cuánto vales, qué tienes para mí en este combate a muerte. 


Ojo y ventana (Canalla ediciones, 2014)


Qué tristeza cuando no estás,

dentro

riendo entre camisetas y bragas.

Dejaste aquí tu cauce

y te llevaste la saliva

cuando no estás es el tamtám que me queda

tocar las cenizas

de tu piel de verano.

Doblo tu ropa cuando no estás

llamándote

a gritos

con mis manos.

(…)

Si al menos se acordara la lluvia de sus labios aún habría esperanza. Pero la lluvia golpea la ciudad sin memoria, cansada de inutilidad y humo triste. Agua sucia rompiendo intestino del metro y la gente llega tarde a su celda. Nada más. El concierto frenético de coches y sangre asustó a la tierra, se cerró de golpe y los gusanos y el cristal se reproducen bajo los edificios. Todos queremos nuestro agujero de tristeza pero no hay nadie que plante un olivo. Ni una sola cabra que escale los rascacielos cuchillo. Quien agarre algo en la ciudad es mejor que lo guarde, se acercan los osos hormigueros municipales a oler tu sobaco.

El Retiro pide ardillas para Reyes a los gorilas del Ayuntamiento que partieron sus ramas. Cualquier cordón de zapato tira al suelo a familias enteras, no hay salida de emergencia y es necesario ser gilipollas para disfrutar la película y el salario. Se ha visto a niños supervivientes en las grietas de la ciudad, pero solo pueden jugar a la pelota los hijos de las iguanas bancarias. El resto juegan con remolachas o lechugas podridas, huyendo de la economía que huele a boñiga.

Madrid empachada de plumas, y la tripa sigue vacía. Se amontonan los años en nuestra conciencia y aún no hicimos nada, los deberes se nos acumulan y la mochila nos tira al suelo. Estamos cansados antes de empezar. No hemos abierto la boca y ya se nos mete la mosca del miedo.

En Madrid se pide a Dios que no mueva una coma, que nadie sacuda la ceniza de las aceras que bastante tenemos ya con mirarnos a los ojos.

No hay ejército de indios que asome a lo lejos. Nadie nos salvará y flores por el suelo, pero si quieres yo te dejo sitio aquí, en mi barricada de poesía y ladrido.