poesía nueva

tu escote vértigo de golondrina,

estación de paso donde grapé mi lengua,

fruta cóncava milagrosa

madera morena,

Diosa de los pájaros carpinteros.

 

Tú,

tierra húmeda y compacta elevada del suelo

sonrisa que contagió a los postes de la luz

y de ahí esta luz,

este cosquilleo que me alimenta a mí

y nadie entiende en la ciudad.

Aquí estamos donde la ropa nos separa,

donde tu belleza es madriguera en el grito de la ciudad,

una concha, una mano aprendiendo a nadar en la noche.

 

Somos esta suma de ríos, amuleto escondido,

limpiar la casa y mantener el cuerpo sucio, vivo,

multiplicado en la magia de la ducha donde no acaban los brazos.

 

Ensayo de mar en la espuma cayendo por tu espalda

como una catarata perezosa,

nieve ardiendo al caminarte.