Navidades

Fotografía de Joakim Eskildsen 

Navidades derretidas en lo adulto, vacaciones mirando el correo del trabajo de reojo. La soledad y la ansiedad merodean la puerta y no hay quien avive el hogar del pasado, el del caminar sin barandillas ni desempleos. Es Navidad y las calles y las luces son, pero hacia dentro, la multitud se agolpa por detrás de las puertas, el miedo es invisible, pesado y no deja nunca de mirarte.

Lo peor del miedo, del virus, no es la asfixia propia sino el estúpido pero incontrolable sentimiento de culpa, el sentimiento de irresponsabilidad, el sentimiento de daño alrededor.

Y ante el daño, la asfixia y el miedo hacemos acopio de lo bello, de lo querido. Las más cercanas amistades. El amor más pequeño e indispensable. La familia más diminuta y esencial. Solo cogemos del mundo su esencia, un par de tardes, un par de momentos a la mesa, y le damos lumbre. Lumbre para calentarnos este presente doloroso y quebradizo, dudoso y frágil: tiempo de incertidumbre donde aún seguimos vivos.

9/11/2021

Antes de que llegara la lluvia de incertidumbre de la #pandemia, antes de que todo perdiera sentido y fuerza, yo vivía en Marqués de Vadillo – Madrid, en una tardoadolescencia, compartiendo piso con tardoadolescentes como yo. Estudiaba oposiciones a tiempo completo y racionaba ahorros como quien se permite comer chocolates tras las comidas. Poco a poco pero saboreando el esfuerzo, la constancia.

Hoy he vuelto a pasar por aquí, a subir en metro, a sentirme urbanita y moderno, a vivir el caos de Madrid. Y más allá de lo que esperaba sentir, una de miedo y expectación por la ciudad-civilización que se deshace, lo que he sentido ha sido tristeza. Enorme. Y no por mí, sino por todos. Por la incapacidad de generar alegría colectiva y pringarnos por ella justo ahora que estamos vivos. Hoy he sido consciente de que estamos unos cuantos meses más cerca de la muerte y que no hemos podido vivir como nos hubiese gustado. Y esto es grave. Y es grave que nos esté pasando a todos. Nadie levanta la vista por la calle, nadie sonríe, todo está vacío, escondido, esperando que vuelva la buena época. Y ojalá que sí, ojalá que disminuya la tristeza, el paro, la multitud de personas que se han quedado sin destino, sin esperanza, sin posibilidad de rellenar los días y las semanas con algo que brille.

Ojalá tú, que estás leyendo esto, encuentres aún motivos para celebrar estar vivo, rodeado de amigos, de familia, de alguien que te mire a los ojos y te diga «me haces feliz», «gracias por este fin de semana» o, simplemente, «buenos días».