Los libros

Presentación de Hogar, en el teatro de Miraflores de la Sierra (2020)

La felicidad que dan los libros, la belleza de seguir el camino propio y encontrarte con amigos y compañeros. Porque la poesía no necesita público sino cómplices, no paseantes de puentes sino constructores de puentes, no compradores de libros sino vividores de libros.

Porque la muerte, la ansiedad, la soledad y la tristeza nos miran de frente y son una torre alta y poderosa, en los libros hay un refugio, un eco y una fraternidad que dé la espalda, al menos durante un tiempo, lo que dura una página, un libro o una biblioteca, a aquello que nos aprieta y nos ahoga.

Don Quijote de la Mancha. Cuidado, cuidadito

Llevaba ya bastante tiempo con ello en la cabeza, más o menos desde que entré en la educación primaria. Puedo decir que ese ello estaba en mi cabeza y fue creciendo con ella.

Ver por todos los lados a aquel señor alto y medio demacrado y a aquel señor regordete era ver un pasadizo hacia los libros, la cultura (la mayoría de las veces, un pasadizo por cruzar y nunca cruzado) cosas de mayores.

Por aquel entonces, cuando yo era niño, ponían una serie de dibujos (con una diabólica y pegadiza canción al inicio. Sé que te la sabes, no te hagas el loco) que veíamos en el cole y en casa. Don Quijote y Sancho estaban ahí, como unos parientes lejanos.

Según iba cumpliendo años y veía que mi gusto por la lectura aumentaba (luego, mucho después, vendría el de la escritura), en el horizonte aparecían aquellos clásicos y, sobre ellos, el Don Quijote de la Mancha como capitán general, paradójicamente ridículo y derrotado.

Ese horizonte quedo ahí, bello, inaccesible y aburrido porque aburrida fue para mí aquella lectura. No entendía nada, hablaban un español antiguo con palabras que yo no conocía y había referencias extrañas que me llevaban a sitios desconocidos. Vamos, un tostón.

Sin embargo, hace unos meses me animé a caminar hacia ese horizonte. Y lo hice sin prisas, sin urgencias y sin tener que dar explicaciones a nadie (ni siquiera a mí mismo, menos mal) sobre si había tardado mucho o poco en leer la mejor obra escrita en español, la primera novela moderna y otros adjetivos similares, para poder así intentar disfrutar de la lectura.

Reconozco que algunas partes me las salté. Otras las leí en diagonal, picoteando. Pero hubo otras con las que me reí, otras en las que se me saltaron las lágrimas y otras en las que aluciné porque algún recurso narrativo hubiera sido escrito ya hacía más de 400 años. Ahora que nos creemos tan ingeniosos y avanzados resulta que llegamos muchos años tarde.

Otro de los beneficios que tiene para mí el haber leído el Quijote es que hay muchísimas referencias a él en muchísimos ámbitos. Para empezar, España es el país del Quijote más allá de nuestras fronteras y que esto sea así nos ha identificado durante cuatro siglos. Como idealistas, locos, nobles, estrambóticos pero tiernos caballeros andantes. Además, durante estos cuatrocientos años, ha habido escritores como Borges y Nabokov, entre otros, que no solo es que hayan leído El Quijote y hayan cambiado su manera de ver el mundo y escribirlo, sino que han dedicado libros a él. Como si fueran unos continuadores de la obra del españolísimo morisco Cide Hamete Benengeli.

Esta es otra de las facetas que me ha sorprendido de El Quijote. Lo humanista que es con sus personajes y cómo están en el mundo quijotesco. Si bien este mundo es ruín, mezquino y cruel, también hay personajes íntegros, bondadosos y rebeldes que abren un pasillo a la fraternidad. Solo los mencionaré, pero aquí están:

La pastora Marcela, Crisóstomo, el morisco Ricote o los propios Don Quijote y Sancho Panza. Y, además, diré que me dio bastante placer enterarme de que el auténtico escritor de la obra española más importante de la historia era un morisco español y manchego. Esto se lo tiraré alguna vez a algún adalid de la pureza española, seguro.

Para terminar diré que no es una obra fácil ni tampoco perfecta, pero recomiendo que, si aún no la has leído, le eches un ojo. Sin presión y al ritmo que tú veas. Disfrutándola y sin tener que pensar en hacer un trabajo para la clase de lengua ni nada parecido.

Como introducción, aquí te dejo un par de charlas de los amigos argentinos de La última página que espero que te gusten y te animen a iniciar la lectura:

Sobre las jam session y la poesía contemporánea

A colación de la polémica de Naza Díaz y Entropía ediciones y el haberle dado muuuchas vueltas al tema jamsession, os cuento que: Esto antes no era así. Ya sé, soy un viejo. Pero el mundo jam era un lugar donde unos cuantos frikis veníamos de los blogs y de nuestros pueblos de nuestras rarezas y nuestros anhelos, para juntarnos con otros raros que amaban la poesía. Y queríamos aprender, leer, ver cosas distintas. No tanto que se nos viera a nosotros, sino verles a ellos. A los que conseguían metáforas y poemas electrizantes.

Muchas veces lo recuerdo como un taller, otras como un juego, pero como nunca lo vi fue como un escaparate. Esta atmósfera, que viví y que ahora casi no veo, fue hace unos 10 años aproximadamente (yo tenía 10 años menos y seguro que lo veía todo con más benevolencia).

Sin embargo, lo que sí que creo que fue diferencial es que antes, cuando te gustaba la poesía, ibas a la biblioteca, te apasionabas, buscabas a tal o cual autor, te apasionabas más… y, después, con ese bagaje, te acercabas, con más miedo que otra cosa, a un lugar para compartir los versos que habías remendado. Y digo miedo pero no es miedo, es respeto. Porque has leído y sabes que lo que pone en ese papel aún no llega a lo que leíste en los libros. Y aún así necesitas compartirlo.

Hoy creo que sigue existiendo esa necesidad de compartir pero no tanto ese respeto. La distancia entre la pasión personal y el reconocimiento se ha acortado demasiado y se ha pervertido. Creo que el motivo pueden ser las redes sociales: la necesidad de presencia y reafirmación constante, el leer en casa (invisible) vs leer frente a un micro (delante de gente) empezó a ser una lucha desigual porque todos queremos ser aceptados y queridos (es así) y empezamos a ir a las jam, no tanto por la aventura y el conocimiento sino por el reconocimiento, la valía. En definitiva, los likes. Y nosotros, que éramos unos raros que, al juntarnos con otros raros (y geniales) nos sentíamos dichosos y felices, empezamos a ser raros también en las jam porque ya no solo valía que leyeras bien, sino que fueras joven, guapo y molón. Y eso es otra cosa. Y ya tiene que ver poco con la poesía. Y empezó a aparecer gente que la poesía meh, ni mucho ni poco, pero el molar sí, eso sí.

Y ahí aparecen los caraduras como el invitado a este hilo, que buscan subirse al carro, a la moda, y no importa que no tengan mucha idea, porque este carro está tirado con la ilusión de mucha gente que, al leer un poema que le ha emocionado, sueña con poder hacer lo mismo. Y, afortunadamente, serán minoría los caraduras, pero los hay. Porque a mí también me pasó y tuve que hacerlo público en redes y poner un burofax de final de contrato.

Y no, no puede ser que aquel lugar para algunos raros que buscamos aventura en las palabras, sea pervertido por sacar pasta de manera rápida y torticera. Por cierto, qué nadie le dé a esto mucha importancia. Está contado desde mi punto de vista y de manera subjetiva, pero también honesta. Yo soy un mindundi, nada más.

Ah, y por cierto más Neorrabioso y menos Marwan, más aventura y menos autopista, más metáfora y menos lugares comunes.

Soy los huesos de la pregunta

el espacio entre dos océanos de oscuridad y frío,

el camino, el espacio por escribir, el hijo y el padre de la noche.

En el primer aullido de cuerpo puse mi nombre.

Hijo de mi madre,

hijo de mi padre,

hijo de la muerte que me lanzó a la vida e hijo de la muerte que me espera.

Aleatoria es mi casa, mi tierra,

la escalera de olvido por la caí en la tripa de mi madre,

en la tierra seca y fértil de Torrelaguna.

Soy consecuencia y tiempo acumulado,

voluntad agarrada a la carne,

la longitud de una ola estirada en mi cuerpo.

Poema que puedes encontrar en mi poemario Cercanías, publicado por Baile del sol en 2016.

Fotografía de Fan Ho

Nueva cubierta de Convivir poesía, conbeber poesía

Esta es la cubierta de la crónica-investigación-ensayo sobre el acto de subirse a un escenario a leer poemas/abrirse el pecho/hacerse fotitos para las redes sociales.

La poesía oral, la jam session, el arte performativo y la cultura del espectáculo, todo metidito en este libro.

(Hasta el 31 de diciembre, compra el libro en la preventa. Más info aquí:

que lo sepas

Por muy rodeados que estemos, algunos siempre estamos solos. Los raros, los diferentes, los que no encajamos. Y no es por vanidad sino por búsqueda, por necesidad. Porque la vida es muy corta para no decirlo, no hacerlo, no escribirlo. Y, pese a todo, compensa, alivia.

Y tú, que también escribes, que también te sientes diferente, que también sientes que aburres cuando hablas de tus poemas, que nadie entiende hasta dónde llegan tus metáforas y lo feliz que eres al escribirlas. A ti te digo que no estás solo, que tienes cerca a otros solos, como yo, y que si todos tienen bandera nosotros tenemos una hoja en blanco. Y si ellos hablan de fútbol y coches nosotros hablaremos de cómo acecha la muerte a Pizarnik o cómo es la telaraña de Juarroz. No dejes la poesía por ser normal, por encajar en los diálogos repetidos, por ser una pieza más de relaciones de mierda que nunca buscan escucharte, tan solo que les hagas sentir menos solos. Sigue jugando, leyendo, llegando más allá, por un camino que solo tú conoces porque está hecho de tus lecturas, de la unión de esos mundos.

Por si te sirve, a mí me interesa tu viaje, tu camino, las letras que has vivido y cómo, después de todo eso, has conseguido sacar esa flora y esa fauna que tenías dentro para hacer una historia, un libro, un poema que cambie tu vida y la de los lectores. Ya me dirás dónde te pillo el libro. 

Hogar, ese lugar

✍🏡

Decir hogar como quien dice amar y estar en el hogar, ser hogar, pertenecer.
Y
de
repente
no.

Por eso este libro, por el amparo y la poesía. Porque aún, pese al dolor, cosemos y hacemos trenza de lo posible y lo ideal. Aún tenemos el amor como antorcha al final del cuerpo.
Aún. Sobre los escombros. Redescubriendo el mundo, haciendo camino y hogar, de nuevo 🌎✍⛺🏡🧶

1 año de Hogar

Hoy, 22 de septiembre, dos días antes de mi cumpleaños, se cumple un año de último libro, Hogar 🏠, que encontrarlo aquí (https://jorgegarciatorrego.com/hogar/).

Es un libro transparente. Transparente como un cristal afilado. Transparente como el agua de la ducha compartida. Transparente como las palabras no dichas y clavadas en el pecho. Transparente como el dolor, transparente como el amor.
Hacía tiempo que no hablaba de amor. Quizá sí de un amor de paso, de un mar de llevar a rastras por la semana mientras subes a un bus o haces horas extra. Pero aquí, en este Hogar, he querido mirar de cerca el amor. Mi amor. Mi desamor, lo que yo sentí y lo que yo siento al intentar atrapar este misterio que nadie entiende y que solo podemos disfrutar cuando nos sacude. No cuando lo analizamos y equilibramos y medimos de arriba abajo. No, solamente cuando nos sacude. Y yo, como fui sacudido, os cuento cómo fue.
No os voy a mentir, hay dolor en este libro. Decepción, miedo y desasosiego. Pero también hay fe, hay músculo y hay pasión. Ojalá que os sintáis como en casa.