Los baños de Plaza Castilla, el mito (parte 3)

Pues sigo, una semana más, con el tema este de la nostalgia del horror, representado por los baños de Plaza Castilla y su ecosistema de orina y ocultismo. Porque al final, lo que sentíamos muchos chavales que pasábamos por estos baños, o por necesidad (que nos estábamos meando / cagando) o por curiosidad, era recibir el mundo homosexual de una forma asquerosa, medio perversa y con miedo. Porque la España o el Madrid de aquellos años y el Madrid de ahora no tienen nada que ver y la homosexual da cuenta de ello. Sé que sigue habiendo palizas, muertes y vejaciones por homofobia. Pero es que en aquellos años (hace unos 20 años, aproximadamente) la cosa era todavía mucho peor.

Los baños de Plaza Castilla, que eran una especie de baños de festival a las 4 de la mañana o los baños de los Uruk Hai después de las fiestas de su pueblo, eran un territorio hostil desde antes de entrar. Tenías que ir, para empezar, mirando cada poco tiempo el reloj para no perderte el bus, que en aquella época pasaba como cada hora, aproximadamente y perderlo suponía a veces morir de frío en el intercambiador, otras de calor y la mayoría de las veces, de aburrimiento.

El segundo paso era coger aire y, con ese aire más o menos limpio, tenías que entrar rápido, sin pensar, sin detenerse, sin hacerse preguntas, ni mucho menos hacérselas a nadie, encontrar un lugar esquinado, con un solo frente vulnerable y empezar a mear (digo mear porque cagar en ese antro era como cagar en el desembarco de Normandía). Había que ser rápido, efectivo y no ser curioso. Aún tengo algunos flashes de aberraciones de aquel baño rondándome la cabeza, muestras de arte corporal bastante innovadoras.

El tercer paso era mear lo más rápido posible, sin acercarte mucho al meadero, para no mancharte CON NADA pero tampoco demasiado lejos para que nadie te viera NADA. Esa distancia justa te podía salvar la vida.

Por último, con la misión cumplida, NO había que pasar por el lavamanos. El agua en esos baños fue siempre una quimera e intentar lavarse las manos podía interpretarse como alguna señal rara o vete tú a saber.

El último recuerdo que quiero compartir (sé que no está siendo agradable, lo siento) es el de un sitio aún peor. Porque los baños de Plaza Castilla se cerraban en algún momento de la noche y, algunas personas, decepcionadas o enfadadas, habían decidido mear en un esquinazo al lado de la puerta. Esta tradición, declaran algunos arqueólogos, viendo el nivel de corrosión del metal, podría llegar hasta la época de El Cid Campeador.

Ahora se habla mucho del MacroProyecto de Madrid Chamartín Norte, o algo así, que seguramente cambie nuestras vidas a mejor y para ser más europeos y tal, pero para siempre quedará en nuestra memoria (qué remedio) el haber sobrevivido a aquellos baños del infierno, a nuestra propia mili del asco.

Pues sí, estos eran aquellos valientes guerreros de los que os he hablado

Poema inédito / 2017

dónde queda el cuerpo golpeado por el mapa

aquel cuerpo tan habitado de chelas, lengua contaminada y líneas de costas,

la lluvia, esperanza de un camino recorrido por dentro como escaleras

que bajan luz cenital

así,

no sé qué piso soy

en qué habitación quedaron mis despojos felices

tardes ganadas sin internet ni bus

paseo en el parque forestal

¿Siguen verdes aquellos árboles boca abajo?

¿Sigue pasando bajo mis pies el Mapocho de fiebre y chabola?

¿Sigo apuntado al curso de teatro, los lunes y miércoles

metro Unión Latinoamericana

horarios partidos y tragados por un horizonte guillotina

por un horizonte ya deshecho y arrastrado por calles de nombres gastados.

El calvario 1

Todo empezó una noche de chavalería, discoteca y pelo largo. Unas prisas inusitadas, provocadas seguramente por las ganas de cortejo, hicieron que saliera de casa con el pelo mojado. Ay, insensato. En diciembre, con un frío que helaba, mi frente navegaba las aceras como un Titanic. Pero yo también tuve mi iceberg. Llegué a la discoteca y me di cuenta de que se me había congelado el flequillo. Estalactitas. Yo, sin embargo, confiado y volátil, no hice demasiado caso.

Seguí varios años con pelo largo, a dos aguas, como un tejado clásico, o bien coleta o bien cinta de colores. Las posibilidades del pelo largo. Madre mía. Esta tercera opción fue la más conflictiva, creo. Llevar el pelo apretado durante horas no es un buen ejercicio capilar y su venganza fue mudarse, cambiar de aires, huir, la libertad.

Yo, desértico y nostálgico, añoro aquel tiempo de confianza y pelo largo.