Ojo y ventana (2014/2020)

(2020)

(📸de Frank Horvat)

Ojo y ventana, el primer libro, los primeros pasos, las primeras luces. La luz que rebota en los ojos, en las pieles, en las calles. Poemas, búsquedas, hallazgos. Lo miro hoy, con cierto miedo, vuelvo a aquel que fui en 2014 y antes y siento vergüenza, miedo, pero también agradecimiento por haberme atrevido a escribir poemas y que otro yo, alguien insospechado y desconocido, fuera posible. Gracias siempre a Inés, a Roberto, a Elvira Amor, a Ignacio Armada y a tantos escritores y seres que se emocionan y motivan y que sin ellos este libro no sería posible.

Fotografía
La que tiene los ojos llenos de medusas
la que de su piel tres litros de leche
de azúcar,
la que enciende las luces
la que entró en mí,
con los ojos por delante y ya no hay puerta de salida
ni ceniza ni moscas en la fruta.

La que está aquí,
creciendo circular como una selva,
el animal que no se acaba
que no se rinde
y su pelo lleno de escondites.

Y estaba yo, en aquellos años, aprendiendo francés, leyendo lo de aquí, lo de allá y lo de acullá y llegué al bueno de Arthur Cravan. Aquel boxeador poeta que cautivó y enamoró a Mina Loy, la gran artista modernista. Pues resulta que, además de ser poético, el tipo escribió un texto en prosa que, de alguna manera, se podía interpretar como una biografía poética. Yo, como el niño que apunta 🌚con su cohete de juguete a la luna, intenté hacer algo parecido (la creación hunde sus raíces en la admiración, creo 🌱)

Ahí va:

Tengo veintisiete grietas en la casa de mi niñez-Mis poemas son tijeras, a veces están llenos y otras tienen hambre-De pequeño quise ser ardilla, pero ser ardilla no da trabajo-Yo tengo una pierna llamada Miraflores y un brazo olivo de Torrelaguna-De niño era neandertal y feliz-Prefiero el desobecedario al abecedario-Aprieto los dientes para que no se me escape la vida-Sin amigos me siento un pez en la niebla-No conozco a ninguno de mis huesos, son muy tímidos-Mis padres son la A y la Z de mi cuerpo- Leer estos poemas solo en caso de incendio-Mi disfraz preferido es el de Himalaya-He tenido más vidas que un ministro pero menos que un dromedario-Vivo en verano lo que escribiré en invierno-Mis mejores poemas no están aquí, los tiene ella guardados por su cuerpo-Si me miran por rayos X encontrarán una canica-Cuando escribo me fijo en las ventanas, que son las primas de pueblo de los espejos-A mí me llegan los poemas como fuegos artificiales. Un día me muero del susto- Este libro no necesita WIFI-Me siento paralítico cuando no recuerdo una palabra-Estudié periodismo, pero debería haber estudiado para ventrílocuo, mi trabajo actual-Nací OVNI pero me puse este disfraz para no asustar a mi familia-Mis ríos se están secando, se alejan las nubes juveniles-Este libro no tiene nada que ver con el cerebro-Cada vez soy más rico y la gente más transparente-Mis recuerdos son peces cada vez más borrosos-Solo soy el dibujo del puzle-Tengo corresponsales en cada ojo-Quiero ser verbo-Soy más de servir que de obedecer-Yo quiero ser nosotros-No sé nada, lo siento.

Y lo social, lo colectivo, el vivir no solo en nuestra piel sino en la piel común. El 15M era un sueño aún sin rasgar y creímos, creamos y fuimos personas esperanzadas. También en la poesía. Por eso, poemas así, inflados de ingenuidad pero también de humanidad y sinceridad, brotaban en aquella época. Aunque ahora me den cierta vergüenza…por no ser aquello que soñé, hace tiempo, en un libro llamado Ojo y ventana.

Sobre convertirnos en ventanas

Ya no nos caben días enfermos en la tripa y se nos agolpan niños frente a los ojos, pidiendo más, que pase la película de muertos que nos atornilla los pies al calendario, va siendo hora de mudar la piel y germinar las carreteras.

En nuestro paraíso de silencio útil y lengua automática, el impulso estaba mal visto por las señoras totémicas del orden, por eso tuvimos que hacer nudo a nuestra carrera roja de jóvenes potros sin montura de otoño, ni correa.

Nos dijeron que no era fácil, que ellos lo intentaron, pero todo fueron cerraduras, que también la piel llena de manantiales, pero todo fueron ladrillos cortando el camino.

Yo sé que una tele nos basta, que con un albornoz se viven cincuenta inviernos, y una porción de amor es suficiente para no acercarse nunca al filo del colmillo, pero también sé que ninguna tele nos salvará del ruido de rinocerontes que pesa en la espalda, ningún albornoz quitará el frío de nuestra piel egoísta de iguana y yo sé que ningún amor por partes, por piezas, sin piel abierta, nos hará vivir con la ventana en la punta de la lengua esperando lo posible como si fuera pan para tripa vacía.

(2014)

Para Ojo y ventana tuve la suerte de que la cubierta la hiciera una gran artista y amiga llamada Elvira Amor Melones. Este libro, sin su capacidad de mirar distinto, no sería el mismo. Mil gracias por ayudarme a abrir nuevos horizontes conmigo 😘☀

Posibilidad

Si tuviera un corazón bisonte
dónde meterlo aquí no me cabe
no se rompe contra los campos
no sangra de indio ni de primavera
¡se me muere de triste
de ceniza!
Si tuviera un corazón bisonte
robaría todos los besos relámpago
el vino cordillera de vuestra noche
me quitaría los brazos, las piernas, para dejarle espacio,
dejarle que corra,
que embista mi piel y mis fronteras
que se moje de lluvia y de amarillo
y descanse en mi cuerpo
a sus anchas.
Si tuviera un corazón bisonte…

Ella

Acariciaba el café con la cuchara
llenándolo de círculos,
de caminos,
y yo quería ser café
que marcara en mi piel
todas las idas y venidas
que le diera la gana.
Había días en que se acercaba a mí,
bajaba las escaleras de mi cuerpo
soltando ríos de labios
y encendiendo todas las luces.
Estuvo cerca pero nunca fue mía,
nunca para siempre.
Después de quemarse volvía a su frontera de miércoles
a su piel de ventanas cerradas,
a su piel
siberiana esquiva,
y me dejaba allí tirado
con los cerezos desplegados
y los pies desnudos.

y por llevar la contraria, el prólogo, de Ignacio Armada, al final:

El libro se llamaba Almas ardiendo, y lo había traducido y prologado Gregorio Marañón. Fue el primer poemario que vi en mi vida, siendo diminuto yo y enorme él, flotando ambos en la inmensidad del hogar familiar. Con el tiempo, las proporciones se invirtieron, y entonces descubrí que su autor se llamaba Leon Degrelle, y que era más conocido como fundador del partido rexista belga, un hombre que repetía orgulloso que una vez Hitler dijo que, si hubiese tenido un hijo, le hubiese gustado que se pareciese a Degrelle.

La poesía de Degrelle no llegaba muy lejos, pero resulta una macabra ironía que titulase su poemario así después de haber vestido el uniforme de las Waffen-SS. Y ahora, cuando uno piensa ya que él último libro de poemas leído va ser el postrero, cuando podemos pensar que la Poesía es hoy sólo ceniza de almas ardiendo, aparece Jorge García Torrego, que sólo sabe vestir el uniforme de poeta, y trae unas páginas en las que el fuego de la realidad consume voraz el espacio para que las palabras se arrastren y tiendan en la página.

¿Qué sabemos de Jorge García Torrego? Sabemos que, como todos somos, él es una sombra. Una sombra que se proyecta sobre las palabras. Una sombra que escribe desde la penumbra de lo cotidiano, que es siempre luz que se filtra por una persiana para calentar y no quemar. Escribe sabiendo que el poema amplía perfiles y los desdibuja, como ocurre con el mundo bajo la zona de negrura. Como en los viejos folletines radiofónicos, con la voz de Orson Welles resonando en las tardes oscuras, escuchamos en alguna parte que “la Sombra sabe”. “¿Quién conoce la maldad que acecha en el corazón de los hombres? Después del anochecer, cuando la ciudad se llena de sombras, los gángsters entran en acción. La Sombra, maestro en el arte de descubrir crímenes, pone todo su ingenio en la lucha contra los caudillos de los bajos fondos ¡La Sombra sabe…!”.

Y Jorge, como la Sombra, nos cuenta una parte de lo que ha averiguado contemplando la noche y el bajo fondo de la realidad. Nos lo cuenta en algo que podemos llamar versos, o de cualquier otra forma, pues es más una cuestión de ética que de métrica.

Nosotros también sabemos algo. Sabemos que Jorge ha vivido cerca de una cárcel y aún más cerca del aire y de las sierras. Sabemos que su madre sabe hacer el gazpacho con plenitud solar, y que su abuelo Antonio lee ahora a Lorca, descubriendo la poesía con la pasión con la que dicen que un antiguo romano empezó a aprender griego con ochenta años, puesto que uno nunca sabe en qué momento esto acaba, y qué puede ser útil en el Otro Lado. Hay que estar preparados. Y además, la Poesía, al contrario que el resto de nuestros aprendizajes, nos sirve siempre para el ahora, sin importar el mañana. Tal y como escribe Jorge García Torrego.

Sabemos todo esto porque en una lejana, lejana galaxia, hace mucho, mucho tiempo, Jorge y yo ocupamos el mismo aula durante unos meses, en ese juego en el que todos pierden llamado universidad. Allí entreteníamos el tiempo hablando y examinando sobre Periodismo, Cultura y otras falacias vitales. Examinamos nuestras complicidades. Hablamos sobre creadores y auras frías. Debatimos una vez y otra sobre las posibilidades de la obra de arte y su originalidad en el tiempo en el que existen copias perfectas y multiplicables al infinito.

Pero resulta que la Poesía es hoy el único espacio en el que la obra literaria reelabora su aura, quizá porque cada vez se compra menos, y por eso, se imprime menos. Si Jorge copiase sus poemas varias veces -no a modo de castigo, que quede claro-, seguirían sus palabras, de urbanita maldito, conservando su aura de resplandor en la nieve. Este poeta, con aspecto de noble matutero transalpino, con mirada de viaje interior y verbo nerudiano sólo hasta lo justo, ha comprendido como pocos el verdadero proceso histórico de la Poética: de lo sacro a lo narrativo, de lo narrativo a lo metafórico, y ahora, o bien volvemos a narrar, o sólo contaremos anécdotas versificadas que cabrán en una pantalla de teléfono móvil. Por eso este poemario narra experiencias, sin apartarse de la capacidad de la lírica para trastocar los emblemas de cada elemento de la realidad. Como en el T.S. Eliot de los Cuatro cuartetos, en esta obra de título surreal pero pulso eterno, Ojo y ventana, se recrea el verso eliotiano: “Vieja piedra para edificio nuevo, vieja madera para hogueras nuevas / viejas hogueras para cenizas, y cenizas para la tierra, que ya es carne”.

Y es que al final, la Poesía siempre sabe manotear en la superficie del naufragio, y encontrar maderos nuevos a los que aferrarse, como este libro. Maderos nuevos para elevar milenarios fuegos hasta las Alturas. Paul Dirac, uno de los casos más radicales de autismo genial en la Historia de la Ciencia, mantenía que en Física se intenta decir a la gente las cosas de una manera tal que comprendan algo que nadie antes sabía. Y que, en el caso de la Poesía, la finalidad es exactamente la opuesta. No obstante, su principal descubrimiento en el mundo cuántico se representaba como el Mar de Dirac, un océano infinitesimal de partículas en el que los positrones creaban huecos. Un mundo de rara poesía. Y difícilmente comprensible.

Tal vez todo sea más sencillo. Al vate galés Dylan Thomas, en el transcurso de una encuesta, le hicieron una pregunta aparentemente compleja: qué era para él la Poesía. Thomas mantenía que había empezado a escribir porque se había enamorado de las palabras antes de saber lo que significaban, que amaba aquellas formulaciones del lenguaje cuando las escuchaba por primera vez; sonidos melodiosos que reproducía y formaban entonces parte de él. Y respondió: “Yo sólo leo poesía por placer. Leo sólo los poemas que me gustan. Cuando los encuentro, entonces lo único que puedo decir es «Los hallé» y leerlos por placer. Lea los poemas que le gusten. No le preocupe que sean «importantes» o perdurables. Después de todo, ¿qué importa lo que la poesía es? Lo que importa es el movimiento eterno que está detrás de ella, la vasta corriente subterránea de dolor, locura, pretensión, exaltación o ignorancia”.

En fin, creo que este libro, estos versos que se avecinan, son poesía, y creo que T.S. Eliot, César Vallejo, Oliverio Girondo y Dylan Thomas estarían de acuerdo. Y muy probablemente Leon Degrelle no. Y Marañón querría diagnosticar a Jorge. Y Paul Dirac nadar con él en un mar de partículas. Nosotros nos conformaremos con leer lo que escribe, porque en Jorge García Torrego se está manifestando de alguna forma una coherencia del ser y del estar, del escribir y del sentir. Un aura ardiente. Y podemos calentarnos las manos y el alma arrimados a sus versos.

Ignacio Armada Manrique

Colegio

Nadie nos enseñó a bailar como lagartijas

nosotros jinetes equilibristas de la risa

sedientos de ahora y de verano

y los profesores lagartos tristes con sus libros de texto.

Aprendimos todas las guerras

pero no el misterio espiral de los caracoles,

las multiplicaciones olían a podrido y

nunca pudimos aprender el deporte amarillo de los chimpancés. 

Nadie nos descubrió la matemática de la risa

y a nosotros nos saltó en el pecho

manantial agradable de secretos y cosquillas

éramos puñados rojos y verdes

olor a nocilla o a tarde

las sillas y los pupitres se llenaban de césped con nuestras ganas

y qué cara de acelga el profesor cuando nos encontraba emperadores de la risa

con su tiza escuálida en la mano

intentando apartar de nuestras bocas el rocío

poner en nuestro horizonte una casa agradable

que no miráramos más allá

de nuestras posibilidades de mueble.

Nunca más allá de nuestros padres,

los libros herméticos como cuchillas

el mapa del mundo empieza y acaba en España

no hay futuro más allá de lo mediocre

la única esperanza es la rutina.

(De mi libro Ojo y ventana, 2014, https://jorgegarciatorrego.com/ojo-y-ventana/)

Libros en 2020

No sé si ha sido por estar encerrado parte del año, para salir mentalmente del estudio de las oposiciones o porque tenía mucha vida interior por compartir, en este 2020 ha habido buena cosecha de libros 🥦🥦📚📚

🚩La primera publicación que apareció fue la segunda edición de mi primer libro, Ojo y ventana. Este libro, que fue publicado originalmente por Canalla ediciones, tiene mucho bar, mucha inocencia y mucho respeto por la literatura. Cuando apareció este libro yo era un chaval de 28 años que iba mucho a bares de poesía (sobre todo el diablos azules), acaba de volver de estudiar en Suecia durante un año y estudiaba un máster de literatura y teatro. Estaba tierno, tierno, veía la vida como algo agradable y sereno y no conocía el miedo a la soledad.

La edición se acabó hace meses, es bilingüe español-inglés y tiene formato digital y en papel. Y para que todo estuviera en orden conté con la revisión de Rocío Moreno en la versión en español y Silvia Cuevas Morales para la versión en inglés.

Si queréis leer más, pinchad aquí.