Tela con los concursos de la tele

Hace ya 10 años participé en Saber y Ganar, mítico concurso de preguntas de La 2, al que me acudí envuelto en nostalgia después de haber estado tantos años viendo a personas admirables responder cosas imposibles cada día. Y para que me viera mi abuela Paquita. Admito que aquellos sabios me producían cierta envidia, y con el paso del tiempo esa envidia se ha transformado en admiración por ir contracorriente del mundo en el que vivimos. Cuando todo está en la nube, cuando debemos ser ejecutivos y resolutivos, aún hay gente que decide seguir formándose en contenidos aparentemente inútiles que están en internet.

Fui a Saber y Ganar, como decía, y estuve en total 6 programas. Recuerdo con mucho cariño el tiempo fugaz que pude compartir con mi admirado Jordi y lo bien tratado que fui. Después de esta participación, el mundo de los concursos televisivos quedó olvidado para mí hasta que recibí un mensaje por Instagram en el que me invitaban a participar en un concurso de televisión española (que no conocía).

El caso es que dije que sí, ¿por qué no?, y después de un proceso de selección que buscaba un perfil extrovertido, atractivo para un público que busca estímulos y no conocimientos, fui seleccionado.

A David Leo lo conozco por su poesía, por los concursos en los que ha participado, y por la editorial en la que ha publicado Ultramarinos editorial. Por eso, por esa camaradería que tenemos los poetas, pensé que sería buena idea llevarle mi último poemario, Hogar, como regalo.

No voy a comentar nada del programa, os dejo el enlace aquí:

y comento mis impresiones.

Es verdad que me quedé con mal cuerpo por el momento «lanzamiento de libro» por parte de Rodrigo, el presentador, pero entiendo que había que dar espectáculo. Lo entiendo, pero fue incómodo, porque no deja de ser el resultado de un montón de tiempo, cariño y muchas más cosas y, bueno, siento que no todo vale. El caso es que lo entiendo, pero para nada comparto esta visión de «El conocimiento se tiene que modernizar», hay que sacarlo de las bibliotecas, que le dé el aire. Y puede ser que lo tengamos sacralizado, que yo sea una rara avis, y que cualquier grieta a esa supuesta aura inviolable nos chirría. Puede ser. Pero también puede ser que la televisión es lo que es y que, desgraciadamente, Saber y Ganar sigue siendo una excepción.

La voluntad y el deseo

Foto de Vivian Maier

Hoy tengo ganas de reflexionar sobre EL HACER. No el pensar, el desear o el imaginar, sino el HACER. Y, para hacer, pienso que tiene que haber un estímulo que provoque la acción y ahí entramos en esta dicotomía:

Voluntad y deseo. Y te pregunto, ¿crees que son contradictorios?, ¿son necesarios ambos?

Pero antes de que me respondas, voy a intentar definirlos para saber de qué estamos hablando.

Por un lado, el deseo: Mi interpretación del deseo, e intento que sea una interpretación rigurosa y a la vez compartida por la mayoría, es que el deseo es un estímulo impulsivo, que no negocia prácticamente con la razón (de su parte inconsciente) y que genera en nosotros una estimulación efectiva, rápida y a corto plazo. Movilizador, estimulante, placentero pero sin un placer real después de haberlo realizado.

Y por otro lado, la voluntad. Esta, que tiene mejor fama que el deseo, que se muestra como un reflejo de un hacer más «trascendente» y útil, alejado de lo práctico, de lo inmediato, podría decir que es un deseo de «baja intensidad mantenido en el tiempo» y sin tanta urgencia. No es un impulso, no es un acto placentero inmediato, no es azúcar para contentar a nuestras papilas gustativas sino que son legumbres (cuidado con las legumbres, ¡eh!) que nos permiten caminar, avanzar y crecer.

Ahora, ¿es posible que el deseo forme la voluntad?, ¿son antagónicos, complementarios o necesarios?

Mi opinión sobre este tema es que ambos son necesarios, pero es la voluntad la que va a hacernos crecer, aprender y sacar provecho. Sin deseo, sin la chispa, no tendremos la agilidad mental para que el mundo nos fascine y nos motive. Necesitamos esos pequeños «chutes de placer» que, pese a hacernos sentir culpables, nos hacen más digerible el día a día con su curro, con sus políticos ladrones, con sus desengaños.

Sin embargo, será la voluntad la brújula, la guía y el mantenimiento del deseo que nos justifica ante nosotros mismos cuando echamos la vista atrás y vemos pasar el tiempo. La voluntad es asediada, constantemente, desde fuera y desde dentro de nosotros mismos, por llamativos deseos que nos hacen desviar la mirada. En épocas en las que estamos con poca capacidad de estar serenos, con la voluntad confusa y algo perdida, es fácil que caigamos en consumir deseo sin parar que nos estimula pero que no nos conduce a nada más, es autoconclusivo y no deja provecho. Ejemplos de este «deseo rápido» son el tabaco, el alcohol, los videojuegos, las redes sociales o la telebasura. Acciones placenteras, que no necesitan una acción concienciada pero que nos satisfacen de manera inmediata pero que no nos llevan a ningún lado.

Sin embargo, y para terminar la reflexión, creo que es importante TENER UN PLAN.


Una voluntad que, pese a quizá no estar definida completamente, nos haga caminar en una dirección. A mí también me asaltan los deseos momentáneos (ahora me ha dado por jugar al Age of Empires II, imagínate) y estoy en la pelea. Sin embargo, no abandono mi plan. Esta pelea, que se desarrolla principalmente en nuestra cabeza, antes de hacer nada, es similar a meditar. Porque para mí meditar es pensar en una pared blanca, mi plan, mi camino y mi plan, pero no dejan de aparecer imágenes que la ensucian y la tapan, y que yo me empeño en esquivar y que podrían ser estos pequeños deseos del día a día (una partidita, un cigarro después de comer, etc…)

Al final, mi consejo (que te lo digo a ti pero me lo digo a mí también) es que no nos mintamos, que hagamos lo que nos haga bien realmente, lo que nos justifique interiormente y que, en último término, nos permita tener un arma frente a la muerte, que nos acecha siempre. Porque la muerte está, en algún lugar, esperándonos y no queda tanto tiempo para hacer lo que tenemos que hacer. Lo que sabemos que tenemos que hacer.

Colombia y la cocaína VS Colombia

Tengo la suerte de poder ir a Colombia en breve, en apenas unos días. Quien me conoce sabe lo que significa para mí Latinoamérica y las ganas que tengo de ir a Colombia, por muchas razones. Lo que no tengo es la capacidad de callarme las buenas noticias y por eso, cada vez que sale el tema de «¿qué tal el verano, te has ido ya de vacaciones?», tan de llenar silencios incómodos, no me puedo aguantar y tengo que contarlo: «Me voy a Colombia en unos días» y aquí, en el momento de la respuesta, llega una risa nerviosa, una mirada extraña de complicidad ante un vicio inconfesable que se hace confesable durante unos segundos o bien directamente te dicen «¿me podrías traer algo de allí? y un jejeje que ni puñetera gracia. Evidentemente vivo en el mundo, sé lo que significa todo ese lenguaje no verbalizado, y también sé que parte de la gente con la que hablo no quiere problemas ni que le suelten la chapa, tan solo vivir su día a día sin problemas, meterse unas rayas de vez en cuando y que no le molesten. Pero como estoy aquí, en este espacio donde digo lo que me apetece y creo necesario, voy a decir algunas cosas para molestaros:

  • Si de Colombia, un país que tiene uno de los hábitats naturales más completos, complejos e impresionantes del mundo, tu primer pensamiento es la cocaína, o bien eres un cocainómano, o bien una persona simple que consume lo que ofrece Netflix y poco más, o quizá no has tenido la oportunidad de ver o leer nada sobre este país. No te preocupes, yo te cuento un poco.
  • Si de Colombia, un país que tiene una literatura conocida en todo el mundo gracias a su gran embajador García Márquez (te dejo una entrevista, para que lo conozcas mejor), autor conocido, leído y querido, tu primer pensamiento es la cocaína, o bien eres un cocainómano, o bien una persona simple que consume lo que ofrece Netflix y poco más, o quizá no has tenido la oportunidad de ver o leer nada sobre este país. No te preocupes, yo te cuento un poco.
  • Si de Colombia, un país que tiene la mejor cantera de ciclistas junto a Eslovenia, con grandes estrellas como Egan Bernal, Rigoberto Urán o Nairo Quintana, tu primer pensamiento es la cocaína, o bien eres un cocainómano, o bien una persona simple que consume lo que ofrece Netflix y poco más, o quizá no has tenido la oportunidad de ver o leer nada sobre este país. No te preocupes, yo te cuento un poco.
  • Si de Colombia, un país que tiene una música riquísima y compleja, que te sacude de arriba abajo, como demuestran Totó la Momposina, La Perla, Systema Solar, Shakira u Ondatrópica, tu primer pensamiento es la cocaína, o bien eres un cocainómano, o bien una persona simple que consume lo que ofrece Netflix y poco más, o quizá no has tenido la oportunidad de ver o leer nada sobre este país. No te preocupes, yo te cuento un poco.
  • Si de Colombia, un país que revienta de variedad y cantidad de frutas como papaya, maracuya, guayaba, durazno, curuba, banano, aguacate, piña, mango, uchuva, gulupa, pitahaya, granadilla, o tomate de árbol, tu primer pensamiento es la cocaína, o bien eres un cocainómano, o bien una persona simple que consume lo que ofrece Netflix y poco más, o quizá no has tenido la oportunidad de ver o leer nada sobre este país. No te preocupes, yo te cuento un poco.
  • Si de Colombia, un país en el que sucedió una de las batallas más memorables que se recuerdan, y que tendrían que tener alguna que otra película, como es la defensa de Cartagena de Indias por Blas de Lezo ante los ingleses, tu primer pensamiento es la cocaína, o bien eres un cocainómano, o bien una persona simple que consume lo que ofrece Netflix y poco más, o quizá no has tenido la oportunidad de ver o leer nada sobre este país. No te preocupes, yo te cuento un poco.
  • Si de Colombia, un país que acaba de tener una votación histórica después de 200 años de elecciones manipuladas, golpes de estado y guerrillas, que ha tenido un cambio de timón que pretende poner el bienestar de la población en el centro, con una vicepresidenta afrodescendiente que se ha convertido no solo en un símbolo para toda la población silenciada durante cientos de años sino que es un proyecto real y presente de cambio y justicia, tu primer pensamiento es la cocaína, o bien eres un cocainómano, o bien una persona simple que consume lo que ofrece Netflix y poco más, o quizá no has tenido la oportunidad de ver o leer nada sobre este país. No te preocupes, yo te cuento un poco.
  • Si de Colombia, un país que ha sufrido y sufre violencia, explotación, desigualdad y terror por el narcotráfico y todo lo que conlleva, tu primer pensamiento es la cocaína, o bien eres un cocainómano, o bien una persona simple que consume lo que ofrece Netflix y poco más, o quizá no has tenido la oportunidad de ver o leer nada sobre este país.

No te preocupes, yo ya te he contado un poco y en unas semanas vendré con más cuentos que contarte que García Márquez. Si quieres te los cuento, y si no, pues sigue con tus cosas.


El yo, lo sentimental y la política

Kadir van Lohuizen

Vivimos en la dictadura de lo sentimental. Pero no dentro del sentimiento empático, generoso y valiente por el otro, por su otredad ajena y justificada por no ser uno mismo, sino que vivimos en la dictadura de NUESTROS sentimientos. Nuestros sentimientos son ley. Que nadie se interponga, que nadie nos frustre, que nadie nos diga lo que podemos o no sentir. Y estos sentimientos se convierten en barricada. Ya nadie se preocupa por pelear por los derechos del otro, que cada uno se lo pelee solo o, al menos, con aquellos que defiendan la misma causa: Los blancos defenderán los derechos de los blancos, las mujeres defenderán los derechos de las mujeres, los hombres defenderán los derechos de los hombres, los negros defenderán los derechos de los negros, los españoles por los derechos de los españoles… y esta tendencia, cuando se vicia, se convierte en injusticia. Obviamente no es lo mismo la posición de un hombre blanco cishetero, de un país rico, con el mundo hecho a su imagen y semejanza que el de una mujer somalí, por ejemplo, que es prácticamente invisible a los ojos de todo el mundo.

Pero este pensamiento, que en muchos casos se justifica como casi una autodefensa para legitimarse en el mundo y obtener derechos justos, se basa en el YO y no en términos de justicia, igualdad, derechos o libertad. Nuestra lucha llega hasta donde llega el color de mi piel, mi sexo/género, mi documento de identidad o, en definitiva, mi posición en el mundo. Esta lucha, digo, que es una forma de egolatría y no de generosidad, hacia mí y hacia el otro desde el yo, no tiene nada que ver con la lucha conjunta por un futuro mejor. Porque las luchas que no intentan el beneficio de todos solamente son una lucha por defender tus privilegios u obtener más derechos para ti, no para todos. La lucha que no empatiza con todos, sino con solo aquellos que se parecen a mí, es una lucha egoísta e inútil.

Hace años que soy anarquista. Antes, cuando estaba en la veintena, pensaba en algún tipo de revolución que pudiera traer justicia e igualdad a la sociedad, pero desde hace años ya no pienso así. Ahora creo en una sociedad en la que no haya nadie que se quede fuera, que la democracia parlamentaria no excluya a nadie, que todas las opiniones sean aceptadas y válidas, que todo sea una asamblea y todo sea democracia. Por eso soy anarquista, porque soy demócrata y porque creo en el ser humano. Porque creo que ninguna persona queda o debería quedar por encima de otra.

Demos batalla a la injusticia, a la desigualdad, a la mentira, a la violencia y a todos los sistemas de poder que nos dominan, pero tengamos en cuenta que nadie es menos que nadie, pero tampoco más que nadie y que nuestros sentimientos no nos legitiman ante nadie y ante nada, que solo son parte de nuestra identidad y que no se pueden imponer a nadie.

Distinto

Llevo desde que tengo memoria llevando la contraria, siendo minoría, diferente, inconformista, aprendiz, nunca sabio ni terminado en mi opinión o pensamiento.

Con los demás a veces discuto y otras no, a veces intento convencer, a veces me dejo convencer, pero he aprendido a no discutir con quien no quiere ser convencido. No creo en la violencia, tengo fe en el apoyo mutuo y en la fraternidad y así seguirá siendo, por muchas votaciones que haya. Te recomiendo que te hagas fuerte en tu soledad, en tu pensamiento, en tu diferencia y no te cierres a cambiar de opinión, que la opinión general no te arrase y te deprima. Construye tu diferencia y que sea fértil.


Y, si vienen a por ti los iguales, aquí me tendrás, yo también soy distinto.