Colegio

Nadie nos enseñó a bailar como lagartijas

nosotros jinetes equilibristas de la risa

sedientos de ahora y de verano

y los profesores lagartos tristes con sus libros de texto.

Aprendimos todas las guerras

pero no el misterio espiral de los caracoles,

las multiplicaciones olían a podrido y

nunca pudimos aprender el deporte amarillo de los chimpancés. 

Nadie nos descubrió la matemática de la risa

y a nosotros nos saltó en el pecho

manantial agradable de secretos y cosquillas

éramos puñados rojos y verdes

olor a nocilla o a tarde

las sillas y los pupitres se llenaban de césped con nuestras ganas

y qué cara de acelga el profesor cuando nos encontraba emperadores de la risa

con su tiza escuálida en la mano

intentando apartar de nuestras bocas el rocío

poner en nuestro horizonte una casa agradable

que no miráramos más allá

de nuestras posibilidades de mueble.

Nunca más allá de nuestros padres,

los libros herméticos como cuchillas

el mapa del mundo empieza y acaba en España

no hay futuro más allá de lo mediocre

la única esperanza es la rutina.

(De mi libro Ojo y ventana, 2014, https://jorgegarciatorrego.com/ojo-y-ventana/)

Los días del calendario se tachan con sangre, poema de Cercanías

y un poco más de belleza lisboeta para acompañar otro poema:

Me olvidará el músculo industrial del castillo,
no seré la leyenda sol y sombra de la cama ni tampoco revolución anaconda en el parque residencial de la ciudad.
No.
Nadie contará los dientes de mi felicidad y hará estatuas,
fuegos artificiales y letras.
No se acordará de mí el banquero sediento que cortó tanta cometa, pero en Chile hay una yugular que lleva
mi nombre y que no se entierra,
los pliegues de una piel buscarán el origen incienso de mis besos cuando mis labios sean serrín o acantilado y ningún tambor despertará a nadie de su siesta cuando yo me convierta en cardo o renacuajo, pero un niño verá mi calavera y pensará que es una caracola.

(De mi libro Cercanías, 2016, https://jorgegarciatorrego.com/cercanias/)

Paseo por los Jardines bárbaros de Alberto Rivas, publicado por Lastura

Aquellos jardines bárbaros

Alberto Rivas

Lastura

Precio: 12€

Enlace para más información:

https://lasturaediciones.com/product/aquellos-jardines-barbaros/

Vale, sí, ya no estamos tan mal, tan de interior. Ahora, aunque tengamos que llevar mascarilla, podemos salir a descubrir cómo de lejos quedan los horizontes, mancharnos las manos más allá de nuestro barrio o nuestro pueblo. Pero hubo un tiempo en el que los ojos se lanzaban hacia afuera pero no llegaban muy lejos. Lo llamamos confinamiento. Tuvimos pantallas, pantallas por todos los lados y algunos incluso visitamos libros para estirarnos.

Y también hubo un Alberto Rivas que, a diferencia de lo que hizo con sus libros anteriores El truco del arquitecto y Cartas a Gilgamesh, que fueron la construcción de un prisma del arte, la literatura y los mitos, un análisis de lo etéreo, en suma, en este Aquellos jardines bárbaros, el poeta acude a la frondosa compañía de las plantas para descubrir que, desde lo pequeño, se puede descubrir un mundo (o varios). Y nos invita. Y nos dice: «mira, mira, Jorge, mira cómo, mira qué, mira dónde». Y yo, y supongo que vosotros también, miro el cómo, miro el qué y miro el dónde que me indica Alberto. Y no solo. Luego me pierdo y entre nervios y enveses hago mi propio camino.

Con la mirada alimentada por la fraternidad de Whitman o Thoreau, Alberto Rivas nos muestra la riqueza y espontaneidad de lo verde, su verticalidad esperanzadora y tenaz, el delicado y necesario manjar de la luz. Al quedarnos quietos, al permanecer en un ámbito geográfico concreto, con materia orgánica y ciclos de tiempo que se suceden y se acumulan, ajenos a la electricidad y sus trampas, podemos ver y sentir la inevitabilidad ferocidad que supone estar vivo, ya seas azucena o humano.

Además, la excelente capacidad lírica que posee Alberto, mezcla de ceremonia y pincel:

Jazmines y geranios en los patios materia circense

en escalada, pequeño vals vienés entre tinajas,

miro mis plantas ante el desorden del recuerdo

como quien pregunta un espejo

por su matemática destreza para salvar el mundo

posee la capacidad de darle gravedad, sentido y emoción a destinos tan diferentes como, los ya citados geranios, pero también el cine, la familia o los selfies:

Los ciegos nos miran desde cámaras cerradas

cámaras ocultas en el barro,

preparan nupcias de bálsamo y espina,

entre tu cuerpo y mi cuerpo

para terminar el libro con un hormigueo de haber resuelto un enigma, una pregunta que no conocías.

Poema de Cercanías, 2016

Un poco de belleza lisboeta para acompañar un poema:

Soy los huesos de la pregunta
el espacio entre dos océanos de oscuridad y frío,
el camino, el espacio por escribir, el hijo y el padre de la noche.

En el primer aullido de cuerpo puse mi nombre.
Hijo de mi madre,
hijo de mi padre,
hijo de la muerte que me lanzó a la vida e hijo de la muerte que me espera.

Aleatoria es mi casa, mi tierra,
la escalera de olvido por la caí en la tripa de mi madre,
en la tierra seca y fértil de Torrelaguna.

Soy consecuencia y tiempo acumulado,
voluntad agarrada a la carne,
la longitud de una ola estirada en mi cuerpo.

(De mi libro Cercanías, 2016, https://jorgegarciatorrego.com/cercanias/)

Los libros

Presentación de Hogar, en el teatro de Miraflores de la Sierra (2020)

La felicidad que dan los libros, la belleza de seguir el camino propio y encontrarte con amigos y compañeros. Porque la poesía no necesita público sino cómplices, no paseantes de puentes sino constructores de puentes, no compradores de libros sino vividores de libros.

Porque la muerte, la ansiedad, la soledad y la tristeza nos miran de frente y son una torre alta y poderosa, en los libros hay un refugio, un eco y una fraternidad que dé la espalda, al menos durante un tiempo, lo que dura una página, un libro o una biblioteca, a aquello que nos aprieta y nos ahoga.

Sobre las jam session y la poesía contemporánea

A colación de la polémica de Naza Díaz y Entropía ediciones y el haberle dado muuuchas vueltas al tema jamsession, os cuento que: Esto antes no era así. Ya sé, soy un viejo. Pero el mundo jam era un lugar donde unos cuantos frikis veníamos de los blogs y de nuestros pueblos de nuestras rarezas y nuestros anhelos, para juntarnos con otros raros que amaban la poesía. Y queríamos aprender, leer, ver cosas distintas. No tanto que se nos viera a nosotros, sino verles a ellos. A los que conseguían metáforas y poemas electrizantes.

Muchas veces lo recuerdo como un taller, otras como un juego, pero como nunca lo vi fue como un escaparate. Esta atmósfera, que viví y que ahora casi no veo, fue hace unos 10 años aproximadamente (yo tenía 10 años menos y seguro que lo veía todo con más benevolencia).

Sin embargo, lo que sí que creo que fue diferencial es que antes, cuando te gustaba la poesía, ibas a la biblioteca, te apasionabas, buscabas a tal o cual autor, te apasionabas más… y, después, con ese bagaje, te acercabas, con más miedo que otra cosa, a un lugar para compartir los versos que habías remendado. Y digo miedo pero no es miedo, es respeto. Porque has leído y sabes que lo que pone en ese papel aún no llega a lo que leíste en los libros. Y aún así necesitas compartirlo.

Hoy creo que sigue existiendo esa necesidad de compartir pero no tanto ese respeto. La distancia entre la pasión personal y el reconocimiento se ha acortado demasiado y se ha pervertido. Creo que el motivo pueden ser las redes sociales: la necesidad de presencia y reafirmación constante, el leer en casa (invisible) vs leer frente a un micro (delante de gente) empezó a ser una lucha desigual porque todos queremos ser aceptados y queridos (es así) y empezamos a ir a las jam, no tanto por la aventura y el conocimiento sino por el reconocimiento, la valía. En definitiva, los likes. Y nosotros, que éramos unos raros que, al juntarnos con otros raros (y geniales) nos sentíamos dichosos y felices, empezamos a ser raros también en las jam porque ya no solo valía que leyeras bien, sino que fueras joven, guapo y molón. Y eso es otra cosa. Y ya tiene que ver poco con la poesía. Y empezó a aparecer gente que la poesía meh, ni mucho ni poco, pero el molar sí, eso sí.

Y ahí aparecen los caraduras como el invitado a este hilo, que buscan subirse al carro, a la moda, y no importa que no tengan mucha idea, porque este carro está tirado con la ilusión de mucha gente que, al leer un poema que le ha emocionado, sueña con poder hacer lo mismo. Y, afortunadamente, serán minoría los caraduras, pero los hay. Porque a mí también me pasó y tuve que hacerlo público en redes y poner un burofax de final de contrato.

Y no, no puede ser que aquel lugar para algunos raros que buscamos aventura en las palabras, sea pervertido por sacar pasta de manera rápida y torticera. Por cierto, qué nadie le dé a esto mucha importancia. Está contado desde mi punto de vista y de manera subjetiva, pero también honesta. Yo soy un mindundi, nada más.

Ah, y por cierto más Neorrabioso y menos Marwan, más aventura y menos autopista, más metáfora y menos lugares comunes.

Soy los huesos de la pregunta

el espacio entre dos océanos de oscuridad y frío,

el camino, el espacio por escribir, el hijo y el padre de la noche.

En el primer aullido de cuerpo puse mi nombre.

Hijo de mi madre,

hijo de mi padre,

hijo de la muerte que me lanzó a la vida e hijo de la muerte que me espera.

Aleatoria es mi casa, mi tierra,

la escalera de olvido por la caí en la tripa de mi madre,

en la tierra seca y fértil de Torrelaguna.

Soy consecuencia y tiempo acumulado,

voluntad agarrada a la carne,

la longitud de una ola estirada en mi cuerpo.

Poema que puedes encontrar en mi poemario Cercanías, publicado por Baile del sol en 2016.

Fotografía de Fan Ho

Nueva cubierta de Convivir poesía, conbeber poesía

Esta es la cubierta de la crónica-investigación-ensayo sobre el acto de subirse a un escenario a leer poemas/abrirse el pecho/hacerse fotitos para las redes sociales.

La poesía oral, la jam session, el arte performativo y la cultura del espectáculo, todo metidito en este libro.

(Hasta el 31 de diciembre, compra el libro en la preventa. Más info aquí: