Hay un poema ya olvidado,

Hay un poema en un libro olvidadohay un poema en un libro olvidado que habla de un mundo sumergido y casi olvidado.

Y ese poema, que se titula Facebook, me habla de un mundo analógico abandonado por nuestra atención. Las amistades del aquí profanadas por el ruido del allí, el presente que sucede queda apartado por el futuro del más allá.

Este libro del que hablo, Cercanías, fue publicado en 2016 y en él ya hablaba de cómo las redes sociales, si se usan más allá de lo debido, nos alejan y nos hacen perder contacto con el mundo real. Ojalá que, más allá de los cables, también encontréis a aquellos que os quieren cerca ❤❤🌾🌾:

Facebook

Las fotos que cuelgas ahorcan un recuerdo líquido y vivo,
la silueta que rodea la quemadura.
Multiplicación de espejos,
¿Quién soy, facebook?

Soy facebook y su sombra, y mi sombra,
disfraz hasta la asfixia.

Dime que te gustó el esqueleto de mi tristeza,
dime que compartes mi nada manchada con luces,
comenta,
di me gusta,
aplauso sordo para mantenerme en pie.

Decidme quién soy,
quién me busca más allá de los cables.

Cocinas

Hace diez años vivía en la cocina de la foto, en Göteborg, Suecia. De aquel tiempo no queda prácticamente nada, salvo mi devoción por las cocinas. Ese calor único. No guardo con un recuerdo muy cariñoso el tiempo en Suecia, pero sí aquella ventana desde donde manejábamos el tiempo, las nubes y la luz.

Aquí os dejo un poema de Hogar, del libro que publiqué hace unos meses y que rinde homenaje a las cocinas, la parte más verdadera de los hogares:

«Acuérdate que te recuerdo. Si no te acuerdas no importa mucho. Siempre te veré caminando por los rieles», Jorge Teillier.

Se llamaba hogar y era un río,
una pléyade de puertas por abrir,
un sonajero de risa y desayunos.
Tenía la piel recién labrada por la luz
y en su cuello una coma de sudor pausaba la tierra.

Y en esa pausa vivía yo.

Se llamaba hogar y en su rama la cabaña.
Se llamaba hogar y en su oscuridad un catalejo.

Se llamaba hogar y sus manos eran leña,
su cuerpo entero un bosque.
Se llamaba hogar y era un río,
no se acababa nunca,
la calma era nuestro cimiento,
y por las bocas entrábamos y salíamos al mundo.

Diablos azules / Lata despeinada

Hace ya 10 años bajaba todos los martes desde mi pueblo a Madrid para escuchar y leer poesía en las jams sessions del bar Diablos azules. Siempre lo digo, pero ahí me hice poeta. No solo por lo que pude escribir o escuchar, sino por la sensación de comunidad que sentí con algunos de aquellos escritores que, por suerte, hoy puedo llamar amigos. También por la sensación de estar en un lugar donde se podía aprender y crecer (recuerdo con mucho cariño la placa a mi querido Ángel González).

Durante muchos años ese fenómeno fue creciendo y los libros fueron llegando, pero para que el primero fuera posible tuvo que estar Roberto Menéndez (editor por aquel entonces de la editorial @canallaediciones) en la barra para proponerme sacar lo que luego fue #Ojoyventana. Desgraciadamente, la poesía nunca ha sido un negocio muy rentable y después de muchos años, el Diablos azules echó el cierre.

Hace unos días estaba con mi chica, @lalorenza_, dando un paseo por los madriles, cuando me propuso acercarnos a una librería que habían abierto hacía no mucho tiempo, @latapeinada, especializada en literatura hispanoamericana. Lo que no sabía es que esa librería estaba en el mismo local que el Diablos Azules. Y así, de alguna manera, todos esos recuerdos se sienten acompañados por Nicanor Parra, Pizarnik, Leila Guerrero o Jorge Teillier. No está nada mal.

¡Larga vida a la literatura en Apodaca 6!