Los baños de Plaza Castilla, el mito (parte 1)

Entrance of ‘Plaza de Castilla’ metro station in Madrid (Spain). Background: ‘Gate of Europe’.

Hacía tiempo que no pensaba en esto, quizá por mi mala memoria o quizá por mi salud mental. Pero el caso es que volví a pensar en Plaza Castilla, no la de ahora, sino la de antes, y sus baños medievales.

Nos ubicamos en 2006-2008, por ejemplo, y Madrid era una ciudad bastante diferente a la que es hoy. Mi entorno era de pueblo, de pueblos del norte de Madrid, y Plaza Castilla era algo así como un cuello de botella por el que había que pasar para acceder al Madrid de los botellones, las chicas y la cultura. Sí, también de la cultura. Porque en una época preinternet aún importaba la cultura, como algo limitado y misterioso.

A lo que iba.

Plaza Castilla era el lugar donde empezaba el día, después de una hora de viaje y atasco, y donde terminaba el día los fines de semana. Desde ahí nos lanzaban de vuelta al pueblo con algo más de dolor en el hígado, experiencias más o menos satisfactorias y una frustración más o menos creciente por no poder quedarnos en Madrid, evitarnos el bus.

Y en los recovecos del día estaban, siempre, a punto de fundirse por los meados nocturnos y el calor del sexo salvaje, sucio y poderoso, los baños de Plaza Castilla.

Una pequeña reflexión sobre el libro Hermana muerte, de Thomas Wolfe (prereseña)

Estoy leyendo el libro Hermana muerte, de Thomas Wolfe, y publicado por Periférica (muy bien editado, por cierto, como siempre) y he caído en reflexionar sobre una visión que me ha llamado la atención. El libro –que aún no he terminado– muestra al individuo, frágil, mortal y momentáneo frente al monstruo de la ciudad, ese gigante ciego y poderoso que aplasta a las células sensibles que lo habitan sin piedad.
Hermana muerte está publicado originalmente en 1968, en su versión en inglés y en España en 2014 mucho más tarde. El caso es que hay una apreciación, una descripción, que me ha llamado la atención.
Yo nací en el año 1986 y llevo toda la vida leyendo novelas de ciencia ficción y/o políticas que buscan la redención del individuo frente al gigante sociedad, frente al gigante trabajo o al gigante Estado. esta dualidad que he podido ver en obras como Un mundo feliz, Momo, 1984 o V de Vendetta hablan de una persona, un individuo singularísimo y único, que consigue con su rebeldía emancipar al todos. La base de la distopía, su tensión argumental, afilada como un arco.

Y en el libro que me ha traído aquí, delante del ordenador en esta tarde de infierno de junio de 2022, cuando podría estar tomando un helado o bañándome en un río es expresar mi curiosidad, que llega a malestar, incluso, por saber qué opinaban aquellos que no se rebelaban, que seguían el camino marcado, que no destacaban. Porque ser héroe es muy cansado, hay cierto malditismo en aquel que no puede quedarse callado y no deja ninguna injusticia por denunciar. Porque los héroes son una centella, no tienen ni tendrán nunca rutina, pero, por eso, más allá de los héroes, ¿qué pensaban aquellos que no se rebelaban?, ¿Se pueden sus pensamientos, sus sensaciones, en las novelas o contenidos culturales de los años 50, paradigma del cartonpiedrismo social? Creo que no.

Creo que, al menos en mi caso, que ya tengo 35 años, que ya he probado a llevar la antorcha del heroísmo de la verdad, con su fatiga y su fuego, y que ahora ya no. Que ya no me movilizo, que hace meses que dejo de pagar la cuota del sindicato, que ya no. Que, como me dijo un amigo hace poco, «has pasado de pagar la cuota de la CNT a pagar la suscripción a Netflix». Por eso me gustaría saber qué pensaban aquellos que se acomodaban, que no querían líos, que miraban a otro lado. Cómo se justificaban sus vidas, cómo no temían la muerte y azar perverso. Cómo dejaron de querer ser héroes, en qué lugar, cómo y cuándo decidieron rendirse. Y por qué me parezco tanto a ellos.

–¿Y qué pasa, que no vas a contar nada más del libro?
–¿Te parece poco lo que acabo de contar? De todos modos, llevo 30 páginas… cuando lo acabe podré contaros…o no.

hace 12 años

En la película de Julio Medem, Los amantes del Círculo polar ártico, hay una escena en que Ana, (Najwa Nimri), espera a Otto (Fele Martínez) sentada en una silla, enfrente de un lago a las afueras de Rovaniemi, en Finlandia. En pleno Círculo polar ártico. Y es entonces cuando el sol de la medianoche baila en el horizonte y no llega nunca la oscuridad.

Cuando vi esta película, Laponia era un lugar extraño, poético, en medio de la nada. Y a través de ella, de las relaciones de sus protagonistas, en mi cabeza se formó otra imagen, pero también poética, extraña, donde se podría esperar cualquier milagro. Y yo también quería esperar un milagro.

En mi caso, no fue Rovaniemi sino la ciudad sueca de Jokkmokk, a siete kilómetros de la línea invisible del Círculo polar ártico. Es diecinueve de mayo y el pueblo está muerto. Los hostales, vacíos, apenas esperan tu llegada. Todo el mundo dice que es la peor fecha para viajar a Laponia, o más correctamente, a Sapmi, el territorio donde viven los samis, pero quizá sea la mejor para encontrar silencio y lugares salvajes sin oír a algún compatriota espetar un, joder, ¿Aquí vive Papa Noel, no?, o sin que haya una marabunta de turistas en busca de trineos de perros y hoteles de hielo.

Jokkmokk es un pueblo hecho a lo ancho, sin problemas de espacio. Las casas se dejan respirar unas a otras y las calles son largas y vacías. Visito el museo sami, uno de los más importantes de esta nación, y conozco su manera de vivir. Me doy cuenta de su respeto por la naturaleza, sus costumbres, cómo sobreviven al frío y a los animales, y también descubro como los suecos, los noruegos, los fineses y los rusos han ido minando su población y sus recursos hasta condenarles a abandonar el nomadismo y adaptarse a la manera de vivir de estos países. Los países nórdicos, son muy respetuosos con las otras culturas y con el medio ambiente, pero incluso ellos también tienen cosas de qué avergonzarse.

Y después de desinflar el mito verde y tolerante de los nórdicos, me lanzo a la carretera a buscar algo invisible; el Círculo polar ártico, a siete kilómetros al sur de la ciudad. Como en esta época no hay apenas turistas, no hay medio motorizado salvo el taxi que me pueda llevar hasta allí. No me gustan los taxis en Suecia, debe ser por el precio, así que decido ir andando y haciendo autoestop esperando que alguien me lleve. Siete kilómetros parece poco, ¿no? En una media hora seguro que estoy ahí. Además, seguro que me coge alguien antes…

La carretera es un corte negro de alquitrán en medio de verde y azul. Los bosques y los lagos son mayoría en casi toda Suecia, y aquí arriba, donde apenas vive gente todo el año, dominan casi todo el terreno. Aunque los paisajes son espectaculares, andar por carretera siempre es bastante pesado. Los pocos coches que pasan silbando a tu lado, te recuerdan que aquí arriba también hay civilización aunque a ninguno le de la gana de parar para llevarte unos pocos kilómetros. Sigo andando, pensando sin parar cuantos kilómetros llevaré, a qué velocidad anda una persona, qué hacen los peces de los lagos cuando se congelan, y así sigo con mis divagaciones hasta que veo, a unos veinte metros, un rebaño de renos que cruza la carretera. Y se quedan parados. Y me miran.

Y yo, como lo más parecido que he visto a unos renos han sido las vacas de mi pueblo, me quedo parado también. Por si acaso. Los renos, cuando llevan a Papa Noel de un lado para otro, parecen muy majos, pero cuando te encuentras siete u ocho en medio de la carretera, a “tiro de embestida”, pues da un poco de miedo, la verdad. Afortunadamente, tras mirarnos un rato más, uno de ellos vuelve al bosque y el resto le sigue. Menos mal, ya puedo seguir.

Después de una hora y media viendo paisajes increíbles, llego al Círculo. Y en el Círculo polar ártico, encuentro una fila de piedras pintadas de color blanco que indican la línea imaginaria, un cartel, unos baños, y un chiringuito cerrado. Como un idiota, me hago la foto obligada y me siento en una de las piedras a esperar a Anna, a Otto, o la vuelta de los renos. No viene ninguno, y solamente para una furgoneta llena de alemanes que quieren ir al baño. El Círculo polar ártico es un desierto, joder. Pero me gusta que no haya nadie.

Acostumbrado a la rutina de luces y espectáculo, donde cualquier evento necesita neones, flyers o publicidad para ser visto, encontrar un lugar autosuficiente y especial por sí mismo es una sorpresa. Incluso en el fin del mundo. Creyendo haber encontrado mi milagro particular, vuelvo a la ciudad. El viaje de vuelta se hace más corto y los pájaros que no dejan de gritar y hacer cabriolas me parecen el mejor espectáculo del mundo.

La corta pero intensa vida de un cigarrillo (2º premio en el certamen cultural literario de Miraflores de la sierra, invierno 2022)

Papier a cigarette, Alfons Mucha

Al principio, antes de ser seleccionado, me pasé más de mil vidas dentro de mi casa, apretado junto a mis hermanos. Lo malo es que con esa oscuridad nadie veía nada y nos creíamos todos iguales y nadie sabía muy bien quién era quién. Pasaba el tiempo y nuestra vida la pasábamos charlando. Solo eso.

Pero un día, se hizo la luz. Ante nosotros apareció ella, aquella enorme y superlabial boca que nos prometía una vida corta pero intensa. Ese día también fue triste porque sabíamos que algún día tendríamos que morir. Consumirnos.

Sabíamos que tras esa luz que nos iba a dar la vida, uno a uno iríamos yéndonos y perderíamos la amistad que habíamos trabajado durante tanto tiempo.

En apenas un día se fueron casi todos, y cuando llegó la noche, tan solo quedábamos tres compañeros y yo. Yo no sé qué estaría pasando ahí fuera con esos labios sugerentes, esa saliva pegajosa que prometía aspirarme todo, pero intuía que mi salida del cartón era inminente.

Esa noche, Irene, la propietaria del paquete de tabaco donde está nuestro amigo, camina hacia la casa de su novio Tomás. Tan solo les separan 3 calles, pero para el camino, se va a fumar un cigarro. Abre el bolso, busca el paquete de tabaco, lo encuentra, abre la tapita rectangular y escoge uno. No es nuestro amigo. El cigarro elegido surca el aire y se posa suavemente, como una caricia, en la boca de Irene, que, tras buscar de nuevo, encuentra el mechero. Enciende el cigarro, lo llena de luz y fuego. Lo crea y lo mata.

Sigue andando por la calle y ya está a punto de llegar a la casa de Tomás, cuando de repente, aparece un vagabundo que le pide un cigarro. Irene no puede decir que no fuma, porque lleva uno en la boca y se siente mal cuando piensa en mentirle, «pobre hombre». Al final saca otro cigarro rápidamente y se lo ofrece. No. Tampoco es nuestro amigo.

Tras unos pocos pasos, la chica llega a la casa de su novio. Llama a la puerta, y este le abre con una sonrisa en la cara. «Cuánto has tardado», dice él. «No he podido correr más», dice ella.

Pasan al salón e Irene deja la chaqueta y el bolso en el sofá. «A ver qué te parece lo que he hecho de cena», «a ver, a ver», dice ella. Mientras, en el paquete de tabaco, nuestro cigarro espera su turno y desea que la chica no lo haya olvidado.

La pareja cena un poco de sushi y bebe una botella de vino blanco. Con el tiempo los montaditos de arroz se van acabando y el nivel de la botella va bajando. Tomás, en un ataque de pasión y tras unas frases recurrentes, se levanta y, tras tambalearse un poco por el vino, coge a Irene en brazos y la lleva trastabillándose hasta el dormitorio.

Allí se desvisten y se besan, se acarician y se disfrutan. Cuando los gemidos acaban, Irene, desnuda, llega al salón y busca el bolso. Abre el paquete de tabaco, agarra con sus dedos aún calientes de placer aquel último cigarro, y se lo pone en la boca. Lo sujeta sensualmente con los labios ligeramente apretados, mientras vuelve a buscar el mechero en el bolso. Lo enciende y vuelve a la cama.

Para él fue una luz. Un resplandor mortal, un calor que le tocó sutilmente y le encendió. Su vida acababa de empezar.

El cigarro fue pasando de boca en boca. Los dedos lo estrujaban cada vez como en una caricia, como si aquel tubito fuera parte también del ser amado. Aspiraban cerrando un poco los ojos, disfrutando, sintiendo las volutas de humo y el aroma a tabaco.

Esto era la vida. Para esto aquellas manos en China recogieron mi interior y me crearon. Todo fue para esto. Y merece la pena. Ya soy casi más huesos que carne, pero qué intensidad, qué gusto, qué sensación, que cal…y justo ahí, en ese momento, antes del estremecimiento total, la chica tomó lo que quedaba de ese cuerpo ya casi todo naranja, y lo espachurró en el cenicero de la mesilla de la noche.

«¿Cariño, tienes por ahí más tabaco?»